domingo, 14 de junio de 2026

Elegía, Sombras del Destino: novela gráfica - poema I Lamentos

 


I

LAMENTOS


Sueño, sueño perdido,
el alba y el ocaso,
la Muerte reclama
de las almas el rito,
los azares, las flores,
los abrazos,
de la tierra al firmamento,
del firmamento, lo sombrío.

Sueño, los ojos extintos,
vacíos y profundos,
la noche es tu abrigo,
el alba, el olvido.

Solloza, niño, ataviado de olvido,
rezos al infinito cielo,
hermoso silencio,
los dados han sido lanzados.

Sueño, sueño sobre el bosque,
tan bellamente adornado,
donde los ángeles lloran,
bajo la lluvia yacen desahuciados.
Oh, niño, escucha a los vivos,
dadores de infortunios,
invocan perdón al padre sagrado.

Y nostálgicos son tus cantos,
y nostálgicos como tus juguetes
son tus recuerdos.
¿Son los recuerdos traídos por el viento,
o es el viento traído por los recuerdos?
El fuego arde, desvanecido,
en el susurro de un lamento.




I

LAMENTATIONS


Dream, lost dream,
the dawn and the dusk,
Death lays claim
to the rite of souls,
to chance, to flowers,
to embraces,
from earth to the firmament,
from the firmament, to the somber depths.

Dream, extinguished eyes,
empty and profound,
the night is your shelter,
the dawn, oblivion.
Sob, child, clothed in forgetfulness,
prayers to the infinite sky,
beautiful silence,
the dice have been cast.

Dream, dream above the forest,
so beautifully adorned,
where angels weep,
forsaken beneath the rain they lie.
Oh child, listen to the living,
bearers of misfortune,
who invoke forgiveness from the sacred Father.

And nostalgic are your songs,
and nostalgic, like your toys,
are your memories.
Are memories carried by the wind,
or is the wind carried by memories?
The fire burns, fading away,
within the whisper of a lament.



I

LAMENTATIONS


Rêve, rêve perdu,
l’aube et le crépuscule,
la Mort réclame
des âmes le rite,
les hasards, les fleurs,
les étreintes,
de la terre au firmament,
du firmament, les ténèbres.

Rêve, les yeux éteints,
vides et profonds,
la nuit est ton refuge,
l’aube, l’oubli.
Sanglote, enfant, vêtu d’oubli,
prières au ciel infini,
magnifique silence,
les dés ont été jetés.

Rêve, rêve au-dessus de la forêt,
si merveilleusement parée,
où les anges pleurent,
gisent abandonnés sous la pluie.
Ô enfant, écoute les vivants,
dispensateurs d’infortunes,
ils implorent le pardon du Père sacré.

Et nostalgiques sont tes chants,
et nostalgiques, comme tes jouets,
sont tes souvenirs.
Les souvenirs sont-ils portés par le vent,
ou le vent est-il porté par les souvenirs ?
Le feu brûle, s’évanouissant,
dans le murmure d’une lamentation.




I

哀歌


夢よ、失われた夢よ、
暁と黄昏、
死は求める、
魂たちの儀を。
偶然も、花々も、
抱擁もまた、
大地から蒼穹へ、
蒼穹から、陰鬱なる深みへ。

夢よ、
光を失った瞳、
虚ろにして深遠なる瞳よ。
夜はおまえの衣、
暁は忘却。
泣くがよい、忘却を纏う子よ、
果てなき空へ祈りを捧げよ。
美しき静寂のなか、
賽はすでに投げられた。

夢よ、森の上に漂う夢よ、
あまりにも美しく飾られた森。
そこでは天使たちが涙し、
雨の下に見捨てられて横たわる。
おお、子よ、生者たちの声を聞け。
不幸をもたらす者たちは、
聖なる父に赦しを乞う。

そして、おまえの歌は郷愁に満ち、
おもちゃのように懐かしく、
おまえの記憶もまた郷愁に満ちている。
記憶は風に運ばれるのか、
それとも風が記憶に運ばれるのか。
火は燃えながら消えゆき、
ひとつの哀嘆の囁きのなかへと溶けてゆく。

by:





Aura, Ciudad del Olvido: Plenilunio de Medianoche (material inédito)

 

Plenilunio de medianoche

 

Aura de noche en el invierno terrenal

Eres la senda y el albar de vida

Eres la belleza lóbrega y divina

Ciudad de deseo y amor inmortal

 

(C. LEÓN)

 

En Halloween, los fantasmas surgían en las tinieblas de la noche, y mi espíritu —sí, mi atormentado espíritu— agonizaba delirante. Ahora, cuando termine de escribir estas líneas, las lágrimas se tallarán en la piel, y sabré, —¡ah, por los dioses que sabré! — por qué viví y por qué moriré.

Era una tarde, de un mes lejano, de un año perdido en el tedio y lo más profundo de mi sufrimiento. Llegué al Norte de la ciudad y entré en un bar. Contemplé en la pared unos cuadros que evocaron mi juventud y… suspiré. ¡Ah, el tiempo lo borra todo, incluso lo que llamamos amor!

Solicité una botella de aguardiente a la camarera: una joven vestida con una camiseta y un pantalón ceñido. Bebí dos o tres copas y el suplicio llamó a mi puerta. La música comenzó a sonar: una melodía cuyo creador ya partió de este mundo hacia las estrellas. Deseé fumar un cigarrillo, y no había terminado de encenderlo cuando escuché alguien que me llamaba. Aquella voz no pertenecía a la mujer que me había traicionado, ni a ninguna otra de mis amantes. Era una voz sensual, tan dulce que ahondó en mi corazón: «¡Hola, cariño!» 

Observé cómo una mujer jugueteaba con su cabello a la luz de las velas. Curvé mis labios en una sonrisa y pensé: «Tiene un rostro cálido, pero… esos ojos, ¿por qué se ven tan fríos y a la vez tan bellos?»

Ella se humedeció los labios, cruzó las piernas y apoyó los codos en la mesa. Bebió un trago de vino, y la miré con deseo… Para mi sorpresa, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció.

Tomé la botella de aguardiente y salí del bar. Atravesé la avenida. Caminé más rápido y, al llegar a la estatua de la Virgen del Carmen, la niebla se espesó a mi alrededor. Miré el reloj: eran las once menos cinco. Me acerqué a la estación del tren, levanté la vista hacia el cielo y contemplé la luna con los ojos puestos en el pasado.

«Ya no me queda nada», comprendí, afligido. Di un paso, luego otro, y así avancé. De pronto, el viento sopló con fuerza y distinguí un grupo de personas sentadas alrededor de una fogata, cuya luz iluminaba el terreno. En cuanto me aproximé, un viejo se puso de pie y me invitó a sentarme. Recuerdo con claridad su vestimenta: traje de chaqué oscuro, sombrero de paño fino, corbata y un bastón en la mano derecha. Tenía el cabello largo, enmarañado, y las canas le cubrían el rostro surcado por arrugas. Tosía con dolor; era un carraspeo. Vi también a una anciana de pequeña estatura y ojos esmeralda. Vestía un saco holgado y una falda larga. Por su aspecto, calculé que tendría unos setenta u ochenta años. A su lado, dos gemelos jugaban con sus muñecos, y junto a ellos, una pareja tímida.

«¿Acaso no es este el hombre que mató a su amante en el puente de Las Nieves…? —pensé.»

Un joven, de espaldas, permanecía apartado. Su figura era apesadumbrada y silenciosa. Todos eran flaquísimos y vestían trajes negros. Enmudecieron cuando el viejo me pidió algo de beber. Saqué la botella, aún con más de la mitad del contenido, se la ofrecí y él tomó un sorbo:

—¡Bebamos! ¡Brindemos por los muertos y por los vivos! —exclamó al regar un poco de alcohol en el piso—. ¡Para las benditas ánimas!

A medida que la niebla se disipaba y flotaba sobre el suelo, el viejo bebió otro trago, clavó su bastón y comenzó un relato.

—La historia que escucharán sucedió en 1945. Presten atención —y prosiguió:

—«La estación del tren era una casa que conectaba las vías del Norte con las del Sur. De día, el tren viajaba a los pueblos cercanos; de noche, se dirigía a Bogotá. La ruta era tan conocida, que cierto día, un extranjero llamado Adelfried Strauffenberg, nieto de un alemán residente en el Valle de Tenza, aprovechó un golpe de suerte —o de ingenio, vayan ustedes a saber—, y creó, a partir de una leyenda, el recorrido turístico denominado El Viaje del Amor Prohibido.

»Este hacía referencia a una historia, contada por los guías a los pasajeros del tren con tal intensidad, que al viajar en los vagones de primera o segunda clase, se sentía el pasado hecho presente. Gracias a su ingeniosa idea, Strauffenberg se convirtió en uno de los hombres más adinerados de la región. En pocos años, el recorrido atrajo enamorados de todo el país a Tunja. Incluso, la leyenda cruzó las fronteras de Colombia.

»En pocas horas, el tren recorría ciento setenta y nueve kilómetros de hermosísimos paisajes hasta la última estación del altiplano central. En cada parada, los pasajeros encontraban fragmentos de la historia indígena, escritos en varios idiomas, y decorados con dibujos.

»La historia transportaba a los viajeros al tiempo de Hunzahúa, primer Zaque del pueblo Muisca, y su hermana Noncetá, quienes fueron desterrados por incesto. Se refugiaron en la provincia de Los Chipataes. Allí, convertidos en esposos, se entregaron al amor bajo el hechizo de la naturaleza. Sus cuerpos, de piel cobriza, se unieron entre algodones y el sol. El cabello de ambos danzaba en el viento, testigo de su pasión. Noncetá, seducida por un beso en el cuello, se entregó al deseo, y una nueva vida comenzó a latir en su vientre.

»Con el tiempo,  Hunzahúa y Noncetá añoraron la tierra de sus padres, y decidieron volver para afrontar su aciago destino. Noncetá fue directo a casa y Hunzahúa subió a los Cojines del Zaque. La mujer esperó junto a una piedra, donde fue descubierta por su madre, la Cacica Faravita. La vieja, al ver que los pechos y vientre de la joven habían crecido, e informada del regreso de sus hijos, intentó castigarla arrojándole un madero. Noncetá se ocultó tras una vasija y lo esquivó. Al correr, derramó la chicha. Así se creó un pozo sin fondo.

»Mientras tanto, Hunzahúa finalizaba un ritual en honor al sol. Al regresar, al ser acusado de su pecado, partió al Sur. Caminó hasta la Loma de los Ahorcados, hoy el Alto de San Lázaro, donde encontró a Noncetá y, con voz potente, maldijo la tierra:

¡Hunza!, serás estéril; ya nunca más, ni flores, ni árboles verán tu maldito suelo; la tierra que te sostiene será desnuda y barrancosa, y no tendrás más compañeros que el viento y el frío.

»Viajaron a Susa y cruzaron Bacatá. Poco después de anochecido, en una cueva, nació el niño de los pecadores. Al primer contacto con el aire, se convirtió en piedra, y al instante se quebró. Afligidos, los enamorados se petrificaron en medio del Salto del Tequendama. Todo concluyó con un beso».

Al culminar la historia, el viejo bebió un último trago de aguardiente. La nostalgia me envolvió. Entonces, las luces de los faroles comenzaron a apagarse, una tras otra, una tras otra y… un escalofrío recorrió mi espalda. De súbito, una figura emergió de la penumbra y… se acercó. ¡Era la mujer del bar! ¡El asombro y el terror me paralizaron!

Ella se acercó y con total naturalidad, atravesó mi cuerpo. Así, a sotavento, el tren apareció. La mujer sombría tomó del cuello al joven que estaba a mi lado y subieron al primer vagón. Los demás los siguieron. El tren partió por la vía cincuenta y cinco, y se perdió en el horizonte… iluminado por el plenilunio de medianoche.



Midnight Full Moon



Earthly winter night aura,
You are the path and the dawn of life,
You are the somber and divine beauty,
City of desire and immortal love.

(C. LEÓN)

On Halloween, ghosts emerged from the darkness of the night, and my spirit—yes, my tormented spirit—agonized in delirium. Now, when I finish writing these lines, tears will carve themselves into my skin, and I shall know—ah, by the gods, I shall know!—why I lived and why I shall die.

It was an afternoon in a distant month, in a year lost to tedium and the depths of my suffering. I arrived in the northern part of the city and entered a bar. I gazed at several paintings hanging on the wall that brought back memories of my youth and... I sighed. Ah, time erases everything, even what we call love!

I asked the waitress for a bottle of aguardiente: a young woman dressed in a T-shirt and tight-fitting trousers. I drank two or three glasses, and torment came knocking at my door. The music began to play—a melody whose creator had already departed this world for the stars. I wanted to smoke a cigarette, and before I had finished lighting it, I heard someone calling me. That voice did not belong to the woman who had betrayed me, nor to any of my other lovers. It was a sensual voice, so sweet that it pierced my heart:

“Hello, darling!”

I watched a woman playing with her hair in the candlelight. I curled my lips into a smile and thought: “She has a warm face, but... those eyes—why do they seem so cold and yet so beautiful?”

She moistened her lips, crossed her legs, and rested her elbows on the table. She took a sip of wine, and I looked at her with desire... To my astonishment, in the blink of an eye, she disappeared.

I picked up the bottle of aguardiente and left the bar. I crossed the avenue. I walked faster, and when I reached the statue of the Virgin of Carmen, the fog thickened around me. I looked at my watch: it was five minutes to eleven. I approached the train station, raised my eyes to the sky, and gazed at the moon with my thoughts fixed on the past.

“I have nothing left,” I realized sorrowfully.

I took one step, then another, and continued onward. Suddenly, the wind blew fiercely, and I noticed a group of people sitting around a bonfire whose light illuminated the ground. As I approached, an old man stood up and invited me to sit down.

I remember his attire clearly: a dark morning coat, a fine felt hat, a necktie, and a walking stick in his right hand. His hair was long and tangled, and gray strands covered his deeply wrinkled face. He coughed painfully; it was a harsh rasping cough. I also saw an elderly woman of short stature with emerald-green eyes. She wore a loose jacket and a long skirt. Judging by her appearance, I estimated she was seventy or eighty years old. Beside her, two twins played with dolls, and nearby sat a shy couple.

“Could this be the man who killed his lover on Las Nieves Bridge...?” I thought.

A young man, with his back turned, remained apart from the others. His figure was burdened and silent. All of them were extremely thin and dressed in black suits.

They fell silent when the old man asked me for something to drink. I took out the bottle, still more than half full, offered it to him, and he took a swallow.

“Let us drink! Let us toast the dead and the living!” he exclaimed as he poured a little liquor onto the ground. “For the blessed souls!”

As the fog drifted and thinned across the earth, the old man took another drink, planted his cane firmly in the soil, and began a tale.

“The story you are about to hear took place in 1945. Pay close attention,” he said, and continued:

 


The train station was a house that connected the northern tracks with the southern ones. During the day, the train traveled to nearby towns; at night, it headed for Bogotá. The route became so well known that one day a foreigner named Adelfried Strauffenberg, the grandson of a German resident of the Tenza Valley, took advantage of a stroke of luck—or ingenuity, who can say?—and created, from a legend, a tourist route known as The Voyage of Forbidden Love.

“This route referred to a story told by the train guides to the passengers with such intensity that, while traveling in the first- or second-class carriages, one felt as though the past had become present. Thanks to his ingenious idea, Strauffenberg became one of the wealthiest men in the region. Within a few years, the journey attracted lovers from all over the country to Tunja. The legend even crossed the borders of Colombia.

“In just a few hours, the train covered one hundred and seventy-nine kilometers of breathtaking landscapes to the final station of the central highlands. At every stop, passengers encountered fragments of Indigenous history, written in several languages and decorated with illustrations.

“The story transported travelers back to the time of Hunzahúa, the first Zaque of the Muisca people, and his sister Noncetá, who were banished for incest. They sought refuge in the province of Los Chipataes. There, having become husband and wife, they surrendered themselves to love beneath the enchantment of nature. Their copper-colored bodies united amid cotton blossoms and sunlight. Their hair danced in the wind, witness to their passion. Seduced by a kiss upon her neck, Noncetá yielded to desire, and a new life began to stir within her womb.

“In time, Hunzahúa and Noncetá longed for the land of their parents and decided to return to face their tragic destiny. Noncetá went directly home, while Hunzahúa climbed to the Cushions of the Zaque. The woman waited beside a stone, where she was discovered by her mother, the Cacica Faravita. When the old woman saw that her daughter’s breasts and belly had grown, and learned of the return of her children, she attempted to punish her by hurling a wooden beam at her. Noncetá hid behind a vessel and avoided the blow. As she fled, she spilled the chicha. Thus, a bottomless well was created.

“Meanwhile, Hunzahúa was completing a ritual in honor of the sun. Upon his return, accused of his sin, he departed southward. He walked to the Hill of the Hanged, today known as Alto de San Lázaro, where he found Noncetá and, in a powerful voice, cursed the land:

‘Hunza! You shall be barren forevermore. Never again shall flowers or trees grow upon your accursed soil. The land that sustains you shall be naked and ravined, and you shall have no companions but the wind and the cold.’

“They journeyed to Susa and crossed Bacatá. Shortly after nightfall, in a cave, the child of the sinners was born. At its first contact with the air, it turned to stone and instantly shattered. Stricken with grief, the lovers themselves became stone in the midst of Tequendama Falls. It all ended with a kiss.”

When the old man finished the story, he took one final drink of aguardiente. Nostalgia enveloped me. Then the streetlamps began to go out, one after another, one after another, and... a chill ran down my spine.



Suddenly, a figure emerged from the darkness and began to approach.

It was the woman from the bar!

Astonishment and terror paralyzed me.

She came closer and, with complete naturalness, passed straight through my body.

Then, sheltered from the wind, the train appeared. The shadowy woman seized the young man who had been standing beside me by the neck, and together they boarded the first carriage. The others followed them.

The train departed along Track Fifty-Five and disappeared into the horizon... illuminated by the midnight full moon.




Pleine Lune de Minuit

Aura nocturne de l’hiver terrestre,
Tu es le sentier et l’aube de la vie,
Tu es la beauté sombre et divine,
Cité du désir et de l’amour immortel.

(C. LEÓN)

À Halloween, les fantômes surgissaient des ténèbres de la nuit, et mon esprit — oui, mon esprit tourmenté — agonisait dans le délire. À présent, lorsque j’aurai terminé d’écrire ces lignes, les larmes se graveront dans ma peau, et je saurai — ah, par les dieux, je saurai ! — pourquoi j’ai vécu et pourquoi je mourrai.

C’était un après-midi d’un mois lointain, d’une année perdue dans l’ennui et dans les profondeurs de ma souffrance. J’arrivai dans le nord de la ville et entrai dans un bar. Je contemplai sur le mur plusieurs tableaux qui évoquèrent ma jeunesse et… je soupirai. Ah, le temps efface tout, même ce que nous appelons l’amour !

Je demandai une bouteille d’aguardiente à la serveuse : une jeune femme vêtue d’un tee-shirt et d’un pantalon moulant. Je bus deux ou trois verres, et le supplice frappa à ma porte. La musique commença à retentir : une mélodie dont le créateur avait déjà quitté ce monde pour les étoiles. Je voulus fumer une cigarette, et je n’avais pas fini de l’allumer lorsque j’entendis quelqu’un m’appeler. Cette voix n’appartenait ni à la femme qui m’avait trahi ni à aucune de mes autres amantes. C’était une voix sensuelle, si douce qu’elle pénétra jusqu’au plus profond de mon cœur :

« Bonjour, mon chéri ! »

Je regardai une femme jouer avec ses cheveux à la lumière des bougies. Un sourire se dessina sur mes lèvres et je pensai : « Son visage est chaleureux, mais… pourquoi ses yeux paraissent-ils si froids et pourtant si beaux ? »

Elle humidifia ses lèvres, croisa les jambes et posa ses coudes sur la table. Elle but une gorgée de vin, et je la contemplai avec désir… À ma grande surprise, en un clin d’œil, elle disparut.

Je pris la bouteille d’aguardiente et quittai le bar. Je traversai l’avenue. J’accélérai le pas et, lorsque j’atteignis la statue de la Vierge du Carmel, le brouillard s’épaissit autour de moi. Je regardai ma montre : il était onze heures moins cinq. Je m’approchai de la gare, levai les yeux vers le ciel et contemplai la lune, l’esprit tourné vers le passé.

« Il ne me reste plus rien », compris-je, accablé.

Je fis un pas, puis un autre, et poursuivis ma route. Soudain, le vent souffla avec force et j’aperçus un groupe de personnes assises autour d’un feu de camp dont la lumière éclairait le terrain. Lorsque je m’approchai, un vieil homme se leva et m’invita à m’asseoir.

Je me souviens parfaitement de sa tenue : une redingote sombre, un chapeau de feutre raffiné, une cravate et une canne dans la main droite. Ses cheveux étaient longs et emmêlés, et des mèches grises couvraient son visage sillonné de rides. Il toussait douloureusement ; c’était un raclement de gorge rauque. J’aperçus également une vieille femme de petite taille aux yeux émeraude. Elle portait une veste ample et une longue jupe. À en juger par son apparence, elle devait avoir entre soixante-dix et quatre-vingts ans. À ses côtés, deux jumeaux jouaient avec leurs poupées, et non loin d’eux se tenait un couple timide.

« Ne serait-ce pas l’homme qui a tué sa maîtresse sur le pont de Las Nieves… ? », pensai-je.

Un jeune homme, tourné de dos, restait à l’écart. Sa silhouette était lourde de tristesse et de silence. Tous étaient extrêmement maigres et vêtus de noir.

Ils se turent lorsque le vieil homme me demanda quelque chose à boire. Je sortis la bouteille, encore à moitié pleine, la lui tendis, et il en avala une gorgée.

— Buvons ! Portons un toast aux morts et aux vivants ! s’écria-t-il en répandant un peu d’alcool sur le sol. Aux âmes bénies !

Tandis que le brouillard se dissipait et flottait au ras de la terre, le vieil homme but une autre gorgée, planta sa canne dans le sol et commença son récit.

— L’histoire que vous allez entendre s’est déroulée en 1945. Soyez attentifs.

Et il poursuivit :

— « La gare était une maison qui reliait les voies du Nord à celles du Sud. Le jour, le train desservait les villages voisins ; la nuit, il se dirigeait vers Bogotá. L’itinéraire devint si célèbre qu’un certain jour, un étranger nommé Adelfried Strauffenberg, petit-fils d’un Allemand installé dans la vallée de Tenza, profita d’un coup de chance — ou de génie, allez savoir — et créa, à partir d’une légende, un parcours touristique appelé Le Voyage de l’Amour Interdit.


Ce voyage faisait référence à une histoire racontée par les guides aux passagers du train avec une telle intensité que, lorsqu’ils voyageaient dans les wagons de première ou de seconde classe, ils avaient l’impression que le passé redevenait présent. Grâce à son idée ingénieuse, Strauffenberg devint l’un des hommes les plus riches de la région. En quelques années, le parcours attira à Tunja des amoureux venus de tout le pays. La légende franchit même les frontières de la Colombie.

» En seulement quelques heures, le train parcourait cent soixante-dix-neuf kilomètres à travers des paysages magnifiques jusqu’à la dernière gare de l’Altiplano central. À chaque arrêt, les voyageurs découvraient des fragments de l’histoire indigène, rédigés en plusieurs langues et illustrés de dessins.

» Cette histoire transportait les voyageurs à l’époque de Hunzahúa, premier Zaque du peuple muisca, et de sa sœur Noncetá, qui furent bannis pour inceste. Ils trouvèrent refuge dans la province des Chipataes. Là, devenus époux, ils s’abandonnèrent à l’amour sous le charme de la nature. Leurs corps à la peau cuivrée s’unirent parmi les cotonniers et sous le soleil. Leurs cheveux dansaient dans le vent, témoin de leur passion. Séduite par un baiser dans le cou, Noncetá céda au désir, et une nouvelle vie commença à battre dans son ventre.

» Avec le temps, Hunzahúa et Noncetá éprouvèrent la nostalgie de la terre de leurs parents et décidèrent de revenir pour affronter leur funeste destin. Noncetá rentra directement chez elle tandis que Hunzahúa monta aux Cojines del Zaque. La jeune femme attendit près d’une pierre, où elle fut découverte par sa mère, la cacique Faravita. Lorsque la vieille femme vit que les seins et le ventre de sa fille avaient grossi et apprit le retour de ses enfants, elle tenta de la punir en lui lançant une poutre de bois. Noncetá se cacha derrière une jarre et évita le coup. En s’enfuyant, elle renversa la chicha. C’est ainsi qu’un puits sans fond fut créé.

» Pendant ce temps, Hunzahúa achevait un rituel en l’honneur du soleil. Lorsqu’il revint, accusé de son péché, il prit la direction du sud. Il marcha jusqu’à la Colline des Pendus, aujourd’hui appelée Alto de San Lázaro, où il retrouva Noncetá et, d’une voix puissante, maudit la terre :

“Hunza ! Tu seras stérile ; jamais plus ni fleurs ni arbres ne pousseront sur ton sol maudit. La terre qui te soutient sera nue et ravinée, et tu n’auras d’autres compagnons que le vent et le froid.”

» Ils voyagèrent jusqu’à Susa et traversèrent Bacatá. Peu après la tombée de la nuit, dans une grotte, naquit l’enfant des pécheurs. Dès son premier contact avec l’air, il se transforma en pierre et se brisa aussitôt. Accablés de douleur, les deux amants furent eux aussi changés en pierre au milieu du Salto del Tequendama. Tout s’acheva par un baiser. »

Lorsque le vieil homme termina son récit, il but une dernière gorgée d’aguardiente. La nostalgie m’envahit. Alors, les réverbères commencèrent à s’éteindre, l’un après l’autre, l’un après l’autre, et… un frisson parcourut mon échine.



Soudain, une silhouette émergea de la pénombre et… s’approcha.

C’était la femme du bar !

La stupeur et la terreur me paralysèrent.

Elle s’avança vers moi et, avec un naturel déconcertant, traversa mon corps.

Puis, à l’abri du vent, le train apparut. La femme sombre saisit par le cou le jeune homme qui se tenait à mes côtés, et ils montèrent dans le premier wagon. Les autres les suivirent.

Le train s’engagea sur la voie cinquante-cinq et s’éloigna jusqu’à disparaître à l’horizon… illuminé par la pleine lune de minuit.



sábado, 13 de junio de 2026

Nostalgia, Crónica de la Ciudad de Tunja, capítulo 1: EL ARTE DE LA GENEROSIDAD

 


EL ARTE DE LA GENEROSIDAD

Iglesia de San Francisco, 4 de febrero de 1984.

Al caer la tarde, Cristina camina pensativa mientras las campanas de la iglesia empiezan a repicar. En el interior del templo, un tenue olor a incienso impregna el aire y junto al altar, las velas irradian un cálido fulgor. Cristina se prosterna y reza en silencio una oración por todos los hombres que ha amado. En cuanto sale, encuentra a una campesina harapienta con su bebé lloroso en brazos.
—¡Buaaaaah…! —berrea el niño.
—¿Busté me puede ayudar? —dice la campesina.
—¿Qué necesita? —responde Cristina.
—¡Ah sí sopiera! Jabustino es un güen marido, pero ahora está muy grave en el hospital y yo sin un centao. Probecito, quera Dios que se mejore.
—¿Y qué le han dicho los médicos?
—Oyi decir que está muy mal. Hemos 'tao en Arcabuco, en Duitama y en Sogamoso y naide nos ayudó. A Jabustino le gustaba jartar de lo más güeno, y entón le vino una enjermedá, y yo lo qu' hice jue quedarme hay sujriendo. En jin, cogimos nuestros chiros y nos vinimos pa´ca.
Cristina siente que se le llenan los ojos de lágrimas y le entrega un billete a la campesina:
—Ojalá esto le sirva
—¡Qué Diosito la socorra!
—¡Buaaaah…!
En ese momento, la campesina clava sus ojos en Cristina, alza el rostro, y muestra una sonrisa pérfida…
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja…!
—¡¡¡Aaaaah...!!! —grita Cristina.

La campesina ya no es una mujer, sino un alma en pena.

...

The Art of Generosity

Church of Saint Francis, February 4, 1984.

As evening falls, Cristina walks thoughtfully while the church bells begin to ring. Inside the temple, a faint scent of incense fills the air, and beside the altar, candles radiate a warm glow. Cristina kneels and silently prays for all the men she has loved. As soon as she leaves, she encounters a ragged peasant woman holding her crying baby in her arms.
—Bwaaaah…! —wails the child.
—Could you help me? —says the peasant woman.
—What do you need? —Cristina replies.
—If only I knew! Jabustino is a good husband, but now he's very sick in the hospital, and I don't have a penny. Poor thing, God willing he'll get better.
—And what have the doctors told you?
—I heard them say he's in very bad shape. We've been to Arcabuco, Duitama, and Sogamoso, and nobody helped us. Jabustino loved eating the finest food, and then he got sick, and all I could do was stay there suffering. In the end, we gathered our few belongings and came here.
Cristina feels her eyes fill with tears and hands a banknote to the peasant woman.
—I hope this helps.
—May God reward you!
—Bwaaaah…!
At that moment, the peasant woman fixes her eyes on Cristina, raises her face, and reveals a sinister smile...
—Ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha...!
—Aaaaah...!!! —Cristina screams.
The peasant woman is no longer a woman, but a wandering soul.

...

L'Art de la Générosité

Église Saint-François, 4 février 1984.

À la tombée du soir, Cristina marche pensivement tandis que les cloches de l'église commencent à sonner. À l'intérieur du temple, une légère odeur d'encens imprègne l'air et, près de l'autel, les cierges diffusent une chaleureuse lueur. Cristina s'agenouille et prie en silence pour tous les hommes qu'elle a aimés. Dès qu'elle sort, elle rencontre une paysanne en haillons tenant dans ses bras son bébé en pleurs.
— Bouhouhou... ! — sanglote l'enfant.
— Pourriez-vous m'aider ? — dit la paysanne.
— De quoi avez-vous besoin ? — répond Cristina.
— Si seulement je le savais ! Jabustino est un bon mari, mais il est maintenant très gravement malade à l'hôpital, et je n'ai pas un sou. Le pauvre, que Dieu veuille bien le guérir.
— Et que vous ont dit les médecins ?
— Je les ai entendus dire qu'il allait très mal. Nous sommes passés par Arcabuco, Duitama et Sogamoso, et personne ne nous a aidés. Jabustino aimait manger les meilleures choses, puis il est tombé malade, et tout ce que j'ai pu faire, c'est rester là à souffrir. Finalement, nous avons pris nos maigres affaires et sommes venus ici.
Cristina sent ses yeux se remplir de larmes et tend un billet à la paysanne.
— J'espère que cela vous aidera.
— Que le bon Dieu vous bénisse !
— Bouhouhou... !
À cet instant, la paysanne plante son regard dans celui de Cristina, lève le visage et affiche un sourire perfide...
— Ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha... !
— Aaaaah... !!! — crie Cristina.
La paysanne n'est plus une femme, mais une âme en peine.

...

Die Kunst der Großzügigkeit

Kirche des Heiligen Franziskus, 4. Februar 1984.

Als der Abend hereinbricht, geht Cristina nachdenklich umher, während die Kirchenglocken zu läuten beginnen. Im Inneren der Kirche liegt ein leichter Weihrauchduft in der Luft, und neben dem Altar strahlen die Kerzen ein warmes Licht aus. Cristina kniet nieder und spricht still ein Gebet für alle Männer, die sie geliebt hat. Als sie die Kirche verlässt, begegnet sie einer zerlumpten Bäuerin, die ihr weinendes Baby auf dem Arm trägt.
— Wäääh...! — schreit das Kind.
— Können Sie mir helfen? — fragt die Bäuerin.
— Was brauchen Sie? — antwortet Cristina.
— Wenn ich das nur wüsste! Jabustino ist ein guter Ehemann, aber jetzt liegt er schwer krank im Krankenhaus, und ich habe keinen einzigen Cent. Der Arme, möge Gott ihn wieder gesund machen.
— Und was haben die Ärzte gesagt?
— Ich habe gehört, dass es sehr schlecht um ihn steht. Wir waren in Arcabuco, Duitama und Sogamoso, und niemand hat uns geholfen. Jabustino liebte gutes Essen, und dann wurde er krank, und ich konnte nichts anderes tun, als dort zu bleiben und zu leiden. Schließlich nahmen wir unsere wenigen Habseligkeiten und kamen hierher.
Cristina spürt, wie sich ihre Augen mit Tränen füllen, und gibt der Bäuerin einen Geldschein.
— Ich hoffe, das hilft Ihnen.
— Möge Gott es Ihnen vergelten!
— Wäääh...!
In diesem Augenblick richtet die Bäuerin ihren Blick auf Cristina, hebt das Gesicht und zeigt ein boshaftes Lächeln...
— Ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha...!
— Aaaaah...!!! — schreit Cristina.
Die Bäuerin ist keine Frau mehr, sondern eine ruhelose Seele.

...

寛大さの芸術

1984年2月4日、聖フランシスコ教会。

夕暮れ時、クリスティーナは物思いにふけりながら歩いていた。すると教会の鐘が鳴り始める。聖堂の中にはほのかな香の香りが漂い、祭壇のそばではろうそくが温かな光を放っている。クリスティーナはひざまずき、これまで愛したすべての男性のために静かに祈りを捧げた。教会を出るとすぐ、ぼろをまとった農婦が泣きじゃくる赤ん坊を抱いているのに出会う。

— うわああん…! — 赤ん坊が泣き叫ぶ。

— 助けていただけませんか? — 農婦が言う。

— 何が必要なのですか? — クリスティーナが答える。

— 私にも分からないんです! ジャブスティーノは良い夫なんですが、今は病院で重い病気にかかっていて、お金が一銭もありません。かわいそうに、神様が良くしてくださいますように。

— 医者は何と言っているのですか?

— とても悪い状態だと聞きました。私たちはアルカブコやドゥイタマ、ソガモソを回りましたが、誰も助けてくれませんでした。ジャブスティーノはごちそうを食べるのが大好きでしたが、その後病気になり、私はただ苦しみながらそばにいることしかできませんでした。結局、わずかな荷物をまとめてここへ来たのです。

クリスティーナは目に涙を浮かべ、農婦に紙幣を差し出した。

— これがお役に立てばいいのですが。

— 神様があなたに報いてくださいますように!

— うわああん…!

その瞬間、農婦はクリスティーナをじっと見つめ、顔を上げ、不気味な笑みを浮かべた……。

— ハ、ハ、ハ、ハ、ハ、ハ、ハ……!

— きゃあああっ……!!! — クリスティーナは悲鳴を上げる。

農婦はもはや女性ではなく、さまよう亡霊だった。

...

Искусство щедрости

Церковь Святого Франциска, 4 февраля 1984 года.

С наступлением вечера Кристина задумчиво идёт по улице, пока церковные колокола начинают звонить. Внутри храма воздух наполнен лёгким ароматом ладана, а рядом с алтарём свечи излучают тёплое сияние. Кристина преклоняет колени и молча молится за всех мужчин, которых любила. Выйдя из церкви, она встречает оборванную крестьянку с плачущим младенцем на руках.
— Уа-а-а!.. — ревёт ребёнок.
— Не могли бы вы мне помочь? — говорит крестьянка.
— Что вам нужно? — отвечает Кристина.
— Если бы я сама знала! Джабустино — хороший муж, но сейчас он тяжело болен и лежит в больнице, а у меня нет ни гроша. Бедняжка, дай Бог ему поправиться.
— А что сказали врачи?
— Я слышала, что ему совсем плохо. Мы были в Аркабуко, Дуитаме и Согамосо, но никто нам не помог. Джабустино любил вкусно поесть, а потом заболел, и всё, что мне оставалось, — это страдать рядом с ним. В конце концов мы собрали свои скудные пожитки и приехали сюда.
Кристина чувствует, как её глаза наполняются слезами, и протягивает крестьянке банкноту.
— Надеюсь, это вам поможет.
— Да вознаградит вас Господь!
— Уа-а-а!..
В этот момент крестьянка пристально смотрит на Кристину, поднимает голову и расплывается в зловещей улыбке...
— Ха, ха, ха, ха, ха, ха, ха...!
— А-а-а-а!..!!! — кричит Кристина.
Крестьянка больше не женщина, а неприкаянная душа.

sábado, 6 de junio de 2026

Martirio capítulo XL

 


[Fffft... Un viento susurra, trayendo a los heterónimos de nuevo, seguido de un lamento que disuelve las sombras en voces conocidas.]

—En este cementerio existen 23 escuadrones con 153, el número triangular equilátero, en las rejas de hierro; seis ya han sucumbido y uno sin contar —menciona Bastián—. No son kois ni los peces que san Ezequiel atrapó en sus redes, la pesca milagrosa. Son los guardianes regidos por las calaveras de los cuatro Jinetes del Cataclismo, protectores de la puerta.



[Fffft... A wind whispers, bringing the heteronyms back once more, followed by a lament that dissolves the shadows into familiar voices.]

“In this cemetery there are 23 squadrons marked with 153, the equilateral triangular number, on the iron gates; six have already succumbed, and one remains uncounted,” Bastián remarks. “They are neither koi nor the fish that Saint Ezekiel caught in his nets during the miraculous catch. They are the guardians ruled by the skulls of the Four Horsemen of the Cataclysm, protectors of the gate.



[Fffft... Un vent murmure, ramenant les hétéronymes une fois encore, suivi d’une plainte qui dissout les ombres en voix familières.]

—Dans ce cimetière, il existe 23 escadrons portant le nombre 153, le nombre triangulaire équilatéral, sur les grilles de fer ; six ont déjà succombé, et un autre reste à compter, remarque Bastián. Ce ne sont ni des koïs ni les poissons que saint Ézéchiel captura dans ses filets lors de la pêche miraculeuse. Ce sont les gardiens régis par les crânes des Quatre Cavaliers du Cataclysme, protecteurs de la porte.

Martirio, capítulo LV


[Pfff... Tibéria parece hacer una pausa, dejando atrás el bullicio un instante.]

Fue un día gris, un día como hoy cuando reviso estas líneas. Diluvió en la mañana y, cuando escampó, eché a andar. Eché a andar y una nostalgia me consumó, oler los pétalos de flor ya era costumbre. Pfff... Tibéria seems to pause for a moment, leaving the bustle behind.

Pfff... Tibéria seems to pause for a moment, leaving the bustle behind.

It was a gray day, a day much like today as I revisit these lines. It poured that morning, and when the rain finally let up, I set out walking. I walked on, and a wave of nostalgia consumed me; smelling flower petals had already become a habit.


Pfff... Tibéria semble marquer une pause, laissant derrière elle l'agitation du monde l'espace d'un instant.

C'était une journée grise, une journée semblable à celle-ci tandis que je relis ces lignes. Il avait plu à torrents le matin et, lorsque le ciel s'éclaircit enfin, je me mis en marche. Je marchai longtemps, et une profonde nostalgie m'envahit ; respirer le parfum des pétales de fleurs était déjà devenu une habitude.


「ふう……」ティベリアは、ほんのひととき喧騒を置き去りにするように、立ち止まったように見える。

それは灰色の一日だった。こうしてこの文章を読み返している今日によく似た日だ。朝は土砂降りで、雨が上がると私は歩き始めた。歩き続けるうちに郷愁が私を包み込み、花びらの香りを嗅ぐことは、すでに習慣となっていた。

忘却と廃墟への宣告


 
鉄と雨に吊るされ、
儀式の屍のように、
古い街角の時計は
幽霊めいた街を見守っている。

もはや人間の時間を刻まない。
いくつの亀裂があるのか。
どれほどの埃と灰が積もったのか。
かつてフィルムに焼き付けられた
あらゆるものの腐敗を
それは語り続ける。

その下には書店が眠っていた。

コーヒーはゆっくりと沸き、
恋人たちは、
映画と本のページと
夕暮れの煙草のあいだに
永遠が収まるのだと
信じるふりをしていた。

だが光は抗う。
生きられたとき、
愛されたとき、
光は不死に抗う。

ときおり、あなたは戻ってくる。

郷愁のためではない。
郷愁とは、
屍に従うもう一つの形だからだ。
あなたが戻るのは、
自分の何かがそこに取り残され、
あの呪われた仕掛けの
動かない針のように、
ぐるぐると回り続けているからだ。

街はその下で続いている。
霧の中の娼婦たち、
物乞いたち、
そして犬たち。
時が何を代償として求めるのかを
まだ知らぬまま、
影たちは寒さを横切ってゆく。

だがその上で、
私たちすべての上で、
それはなお留まり続ける。

虫食まれ。
盲いて。
宙づりのまま。

そこで口づけを交わした者たちの名を
誰も覚えてはいない。
誰も声を、
裏切りを、
そして無敵だったはずの約束を
覚えてはいない。

ときおり何かが聞こえる気がする。
短い笑い声、
ページをめくるかすかな音。
だが違う――

それは廃墟が
自らを繰り返しているだけだ。

そして戻ってくる者たちは、
何かを見つけるためではなく、
ただ確かめるために戻る。
あの傷が
なお開いたままであることを。

Condamnation à l’oubli et à la ruine

 

Suspendue au fer et à la pluie,
comme un cadavre cérémoniel,
la vieille horloge de la rue
veille sur une ville spectrale.

Elle ne mesure plus les heures humaines.
Combien de fissures ?
Combien de poussière et de cendre ?
Elle raconte la putréfaction
de tout ce qui fut un jour
fixé sur pellicule.

En dessous dormait la librairie.

Le café frémissait lentement
tandis que les amants feignaient
que l’éternité pouvait tenir
entre des films, des pages
et les cigarettes du crépuscule.

Mais la lumière résiste,
la lumière résiste à l’immortalité,
lorsqu’elle est vécue,
lorsqu’elle est aimée.

Parfois tu reviens.

Non par nostalgie :
la nostalgie est une autre manière
d’obéir au cadavre.
Tu reviens parce qu’une part de toi
est restée prisonnière là-bas,
tournant en rond
comme les aiguilles immobiles
de cet artifice condamné.

La ville continue en dessous :
prostituées, mendiants
et chiens sous le brouillard,
ombres traversant le froid
sans savoir encore
ce que le temps réclame.

Mais là-haut,
au-dessus de nous tous,
elle demeure.

Rongée.
Aveugle.
Suspendue.

Personne ne se souvient du nom
de ceux qui s’y embrassèrent ;
personne ne se souvient des voix,
des trahisons,
des promesses
invincibles.

Parfois tu crois entendre quelque chose :
un rire bref,
le froissement d’une page,
mais non...

C’est la ruine
qui se répète elle-même.

Et ceux qui reviennent
ne reviennent pas pour trouver quelque chose,
mais pour vérifier
que la blessure
est toujours ouverte.

Elegía, Sombras del Destino: novela gráfica - poema I Lamentos

  I LAMENTOS Sueño, sueño perdido, el alba y el ocaso, la Muerte reclama de las almas el rito, los azares, las flores, los abrazos, de l...