Es mi deber como escritor señalar
las injusticias, analizando con rigor los procesos que afectan a nuestra
sociedad y buscando dar voz a las realidades que a menudo quedan en la penumbra.
Esto es una infamia. ¿Qué celebra esta gente? ¿Votar por un sociópata? ¿Desde cuándo la autodestrucción de un pueblo se festeja con bombos y platillos? Están cavando su propia tumba y, encima, aplauden los idiotas. Sin embargo, Tunja, a pesar de todo, ha resistido al fascismo con la templanza de su valor: aquí conservamos la dignidad intacta mientras el panorama nacional se tiñe de barbarie.
No le han quitado votos a la
izquierda. Muchos se han pasado, como los cobardes que son, al
narcoparamilitar. Prefirieron vender su dignidad (si es que alguna vez la
tuvieron) al mejor postor, arrodillándose ante los mismos verdugos que han
desangrado a esta tierra por décadas.
Imagínese lo grave que es la situación:
algunos uribistas van a votar por Cepeda que por de La Espriella, el lacayo de
Estados Unidos. El absurdo ya no se disfraza: desfila en público, en redes sociales,
los bots desatados. La masa ciega sigue rindiendo pleitesía.
Datos, no un pendejo rebuznando:
“Los veo asustados”. “Firmes por la patria”. Y a eso le llaman política, con
toda la estupidez, sin evidencia, sin consecuencias. Slogans baratos para mentes
serviles, consignas de retrete diseñadas para manipular el miedo de un rebaño
que no piensa.
Imagínese apoyar el fracking, cuando
lo tiene prohibido la Unión Europea. Dizque: “Una obra civil”, dicen estos
ignorantes. Y lo dicen sin vergüenza, como si Colombia no existiera fuera de
sus rebuznos. Están dispuestos a envenenar el agua de sus hijos, a secar la
tierra, todo por llenarle los bolsillos a estos desgraciados.
Todos los que tengan las pruebas
de fraude en las elecciones —que es más que evidente—denuncien a los jefes de
mesa. Los formularios E-14 son de dominio público, y quien los haya manipulado,
llevarán el peso de la ley. No se queden callados ante el robo de esta década:
el silencio los hace cómplices de la tiranía que se nos viene encima.
Es inconstitucional establecer la
pena de muerte, bajar el 40 por ciento el gasto del Estado. Es un delirio fascista,
un retroceso de dos siglos de derechos humanos que busca convertir las instituciones
en un paredón de fusilamiento legalizado que recuerda la violencia de los
bandos antagónicamente dominantes, pero con diferente color y nombre: el
segundo Frente Nacional.
Es muy fácil que Cepeda confronte
las equivocaciones del Mata Gatos en
un debate. Demasiado fácil. Pero el problema no es el debate: es el despertar. El
de él y el de los jóvenes. Una cosa es marchar y la otra es votar y votar a
conciencia. Pero ahí van los mediocres, como si la Constitución fuera un pedazo
de mierda ideológico. Prefieren la ignorancia acomodada que el peso de la
responsabilidad histórica. La juventud tiene que reaccionar antes de que les
expropien el futuro de la jeta.
No le pierdan el miedo a perder
amigos, familia y conocidos que apoyan a esta lacra. Quien valida la barbarie, el
despojo, los “Falsos Positivos”, no merece su afecto ni su respeto; la
neutralidad en tiempos de infamia es pura cobardía.
¿Saben que es lo peor? El que va
a gobernar no es el que se escuda en su mediocridad: es la silueta del Matarife
al fondo, siempre el mismo paraco, siempre el mismo guion. El títere en el
trono y el titiritero manejando los hilos de la muerte desde las sombras,
listos para reactivar las motosierras y las operaciones en nombre de la Madre
Protectora.
Ah, el periodismo en Colombia es
una farsa. Lo que muestran estos asquerosos no es información: es ruido con micrófono.
Son sicarios de la verdad, mercenarios arrodillados al poder económico que
lavan la cara a criminales todas las mañanas.
Solo se necesita hacerle dos
preguntas a este Mata Gatos para demostrar que su “plan de gobierno” es una
estupidez. Aparte que es inconstitucional, no pasa de tres páginas. Tres
páginas para un país entero. Tres malditas páginas escritas con las patas que
pretenden sentenciar el destino de cincuenta millones de almas. Es un insulto a
la inteligencia humana.
Para cambiar la pena de muerte se
debe cambiar la Constitución. Y eso, claro, es un detalle menor para quienes
chillan como si legislar fuera un capricho. Quieren una dictadura a la medida
de sus caprichos, saltándose las leyes como si este país fuera su finca privada.
En fin, esperemos la segunda vuelta:
para continuar con el cambio progresista o volver al pasado violento de esta plaga,
una Colombia condenada a repetir su propio y sanguinario libreto. La moneda
está en el aire: o rompemos las cadenas de una vez por todas, o nos resignamos
a ser el matadero de América Latina.
...

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