sábado, 20 de junio de 2026

REFLEXIONES EN LA VÍSPERA: ENTRE EL MARTIRIO Y LA CRUEL REALIDAD


Una cosa es la literatura —algo que en realidad no he pretendido hacer deliberadamente; aunque, si al final la he hecho, bienvenido sea— y otra muy distinta es la realidad. Mañana seré jurado de votación y recuerdo las elecciones de hace cuatro años, cuando vivía en el norte de Boyacá, en San Mateo. En esa ocasión, Gustavo Petro fue elegido presidente. Los paracos llegaron con sus camionetas, con la pólvora y el plomo, a celebrar la primera vuelta cuando Rodolfo Hernández ganó; sin embargo, quedaron «mamando» en la segunda vuelta.

Ya en este presente, en Tunja, y para cuando caiga la tarde, la noche del 21 de junio, sabremos cuál será el destino del país. Hoy, sin embargo, confluyen ambas: la literatura y la realidad. Se encuentran en un mismo lugar para intentar retratar el país y la época que me correspondió vivir, este 2026, con mis fantasmas y el recuerdo de lo que he vivido.

Pase lo que pase, todos sabemos cómo seguirá Colombia, Castilla, el país del Sagrado Corazón de Jesús. Cambiarán los nombres, los discursos y los colores de las campañas, pero permanecerán las heridas y la crueldad: el Segundo Frente Nacional. Hay tragedias en la vida de un hombre: una es mentirse a sí mismo; otra, disfrazarse para encajar en un grupo o partido político, en una moda o en un grupo social. Yo no he vivido esas tragedias. Las he soñado, las he visto retratadas, las he escrito en mis libros. Y espero que jamás volvamos a una nación donde nos persigan, nos silencien o nos maten por pensar distinto, por no encajar, por atrevernos a ser quienes somos.

Me entristece ver cómo tantos compatriotas han convertido la política en una extensión del resentimiento y la estupidez, de la ignorancia y la desidia. Votan no por convicción, sino por odio y rencor; no por propuestas serias, sino por reflejos condicionados que no llegarán a buen término. La mafia y el establecimiento siempre han entendido una verdad elemental: un pueblo informado es peligroso para quienes viven del privilegio. Por eso prosperan la desinformación y los eslóganes vacíos: «Firmes por la Patria». «Hágale la línea al tigre», chillan, enajenados, con la furia ciega de quien no conoce su pasado, algo muy común en los pueblos de Boyacá. Tunja es una ciudad aparte donde, por lo menos, el progresismo resiste más. Por eso hay quienes siguen repitiendo etiquetas y caricaturas como si fueran argumentos: no hay más que ver los comentarios en redes sociales, los rebuznos, las exclamaciones sin ortografía ni coherencia, los «Me divierte». Como si defender los páramos, el medio ambiente, la educación pública, una vejez digna o un salario justo fuera motivo de vergüenza; como si por ello ya fuéramos guerrilleros.

Mientras tanto, los procesos judiciales avanzan, las investigaciones aparecen y las condenas alcanzan a viejos aliados del poder, como el hermano de El Matarife (por conformar, financiar y dirigir el grupo paramilitar «Los 12 Apóstoles» en los años noventa en el norte de Antioquia, operando desde fincas como La Carolina, y por el asesinato de Camilo Barrientos Durán, un conductor de autobús ejecutado en 1994 en Yarumal). Y, como tantas veces en nuestra historia, algunos pretenden lavarse las manos mientras otros cargan con los cadáveres.

Y sí, hablando de dictaduras y autoritarismos: si llegan, resistiremos. Colombia ha sobrevivido a demasiadas tragedias para rendirse ahora. La tragedia de los Porkis: Porky Gaviria, Porky Samper, Porky Pastrana, Porky Uribe (que ahora es llamado a declarar por las masacres de La Granja en 1996 y El Aro en 1997, entre otros delitos; ah, y también «le salió el tiro por la culata» al acusar a Iván Cepeda, lo que lo obligó a renunciar a su curul en el Senado y lo condujo al histórico fallo de los tribunales ordinarios tras enfrentar un juicio penal formal), Porky Santos y «Porky Porky» (este último, refiriéndose a Iván Duque, el narco marrano al que le hicimos el Estallido Social).

Colombia es un desbarrancadero. No el de Fernando Vallejo, escritor que admiro, o quizá sí. Tal vez sea la Castilla de mi novela Martirio, que tiene tanto de profecía como de espejo de pesadilla. A veces pienso que la ficción simplemente llegó antes que la realidad, aunque me cueste creerlo.

Cito el capítulo V de mi libro:

«EXPECTAMUS RESURRECTIONEM MORTUORUM»

[Rrrrr… El retumbar ahoga el silencio, marcando la fatalidad en su marcha.] 

Santa Aldamia D. C. Semanas más tarde llegué a la «Atenas Suramericana», justo a tiempo para presenciar el gobierno que jodería al país. ¡Cómo maldigo la violencia, el culto a la ignorancia y la superstición! Qué irrisorias son la pobreza, la corrupción y la guerra. Quien no se maravilla del universo ha perdido su alma, su eternidad.

Y más adelante, en el capítulo XVII:

¡Melancólicas existencias, las de Bastián y la mía!, y los desenlaces de los asesinados y desaparecidos. Mi obra póstuma (quiero yo) versará sobre ellos y sobre la violencia castellana. Un país de infamia y olvido, monstruoso, anacrónicamente ambiguo. Bastián había superado las tragedias más atroces, como David y sus apariciones; los heterónimos me hablaban al oído (al alma), alegraban mi corazón con efemérides y sentimientos.

Cuando releo esos fragmentos por fin en libro físico, me pregunto cuánto hay de invención y cuánto de testimonio. Porque Colombia sigue siendo un país donde la ignorancia se celebra, donde la memoria es corta y donde demasiados prefieren el ruido de la consigna al peso incómodo de los hechos y de la mentira. ¡Ay, pueblo colombiano, te compadezco!; hermanos de mi tierra boyacense, de Tibaná, la tierra materna; de San Mateo, que tanto quiero; de Moniquirá; de Tunja, la Ciudad del Olvido.

Si el Mata Gatos ganara, no vencerían la inteligencia ni el debate democrático; eso es más que evidente. Vencería el reflejo más primario y estúpido del país: el miedo convertido en programa político, la ignorancia elevada a virtud y la fascinación ancestral por el matón de turno disfrazado de salvador, como Milei en Argentina o el dictador Nayib Bukele en El Salvador. Los vendedores de consignas necesitan muy poco para prosperar: una multitud desinformada y analfabeta política, algunos fanáticos rabiosos incapaces de sostener una discusión con evidencias y la eterna ilusión de que un hombre resolverá en cuatro años lo que décadas de abandono, corrupción y violencia han construido.

Detrás del espectáculo, de las luces, de la pólvora y del plomo, no hay grandeza ni futuro. Solo el mismo autoritarismo de siempre maquillado de novedad. La misma promesa reciclada. El mismo país condenado a tropezar con la misma piedra y a celebrar el golpe antes que la razón. Para eso está el fútbol; para eso están los pasquines y los dudosos medios de comunicación: para desinformar y hacer el papel de verdugos.

Por eso, a mi familia, a mis amigos, a mis conocidos y a quienes aún creen que Colombia merece algo mejor, les digo: votemos por la paz, por la educación, por el arte. Votemos por la democracia. Votemos por la inteligencia frente al grito, por la memoria frente al olvido, por la esperanza frente al miedo.

No quisiera que Martirio terminara convirtiéndose en una crónica anticipada de nuestra realidad.

Porque desdichados son los que se engañan a sí mismos hasta hacer del engaño una costumbre. Y desdichado es mi país cuando insiste en ser el reflejo de sus peores fantasmas, en lugar de la promesa de su futuro.

Dargor



REFLECTIONS ON THE EVE: BETWEEN MARTYRDOM AND CRUEL REALITY

One thing is literature—something I have not deliberately set out to do; although, if in the end I have done it, so be it—and quite another is reality. Tomorrow I will serve as an election juror, and I remember the elections from four years ago, when I lived in northern Boyacá, in San Mateo. On that occasion, Gustavo Petro was elected president. The paramilitaries arrived in their trucks, with gunpowder and bullets, to celebrate the first round when Rodolfo Hernández won; however, they were left empty-handed in the second round.

Now in the present, in Tunja, and when the evening of June 21 falls, we will know the fate of the country. Today, however, both realities converge: literature and reality. They meet in the same place to try to portray the country and the time I have been destined to live in this 2026, with my ghosts and the memory of what I have lived.

Whatever happens, we all know how Colombia will continue, Castilla, the country of the Sacred Heart of Jesus. Names, speeches, and campaign colors will change, but the wounds and cruelty will remain: the Second National Front. There are tragedies in a man’s life: one is lying to oneself; another is disguising oneself to fit into a group or political party, a trend, or a social circle. I have not lived those tragedies. I have dreamed them, seen them portrayed, written them in my books. And I hope we never again become a nation where we are persecuted, silenced, or killed for thinking differently, for not fitting in, for daring to be who we are.

I am saddened to see how so many compatriots have turned politics into an extension of resentment and stupidity, of ignorance and neglect. They vote not out of conviction, but out of hatred and rancor; not for serious proposals, but for conditioned reflexes that will not lead anywhere. The mafia and the establishment have always understood a basic truth: an informed people is dangerous for those who live off privilege. That is why misinformation and empty slogans thrive: “Firmes por la Patria.” “Hágale la línea al tigre,” they shout, deranged, with the blind fury of those who do not know their past, something very common in the towns of Boyacá. Tunja is a separate city where, at least, progressivism resists more. That is why some continue repeating labels and caricatures as if they were arguments: one only has to read social media comments, the braying, the incoherent and misspelled exclamations, the “I’m amused.” As if defending páramos, the environment, public education, a dignified old age, or a fair wage were shameful; as if that alone made us guerrillas.

Meanwhile, judicial processes advance, investigations appear, and convictions reach old allies of power, such as the brother of El Matarife (for forming, financing, and directing the paramilitary group “Los 12 Apóstoles” in the 1990s in northern Antioquia, operating from farms like La Carolina, and for the murder of Camilo Barrientos Durán, a bus driver executed in 1994 in Yarumal). And, as so often in our history, some try to wash their hands while others carry the corpses.

And yes, speaking of dictatorships and authoritarianism: if they come, we will resist. Colombia has survived too many tragedies to give up now. The tragedy of the Porkis: Porky Gaviria, Porky Samper, Porky Pastrana, Porky Uribe (who is now being called to testify for the massacres of La Granja in 1996 and El Aro in 1997, among other crimes; and who also had his “boomerang effect” when accusing Iván Cepeda, forcing him to resign his Senate seat and leading to a historic ruling in ordinary courts after facing a formal criminal trial), Porky Santos, and “Porky Porky” (the latter referring to Iván Duque, the narco pig we confronted during the Social Uprising).

Colombia is a landslide. Not Fernando Vallejo’s, the writer I admire, or perhaps yes. Maybe it is the Castilla of my novel Martirio, which is both prophecy and nightmare mirror. Sometimes I think fiction simply arrived before reality, though I struggle to believe it.

I quote Chapter V of my book:

“EXPECTAMUS RESURRECTIONEM MORTUORUM”

[Rrrrr… The rumbling drowns out silence, marking fate in its march.]

Santa Aldamia D. C. Weeks later I arrived in the “South American Athens,” just in time to witness the government that would damn the country. How I curse violence, the cult of ignorance, and superstition! How ridiculous poverty, corruption, and war are. Whoever does not marvel at the universe has lost their soul, their eternity.

And later, in Chapter XVII:

O melancholic existences, those of Bastián and mine, and the destinies of the murdered and the disappeared. My posthumous work (I intend) will be about them and about Castilian violence. A country of infamy and oblivion, monstrous, anachronistically ambiguous. Bastián had overcome the most atrocious tragedies, like David and his apparitions; the heteronyms spoke to me in the ear (to the soul), filling my heart with anniversaries and feelings.

When I reread these fragments in printed form, I wonder how much is invention and how much testimony. Because Colombia remains a country where ignorance is celebrated, where memory is short, and where too many prefer the noise of slogans over the uncomfortable weight of facts and truth. Oh Colombian people, I pity you; brothers of my Boyacá land, of Tibaná, my maternal land; of San Mateo, which I love so much; of Moniquirá; of Tunja, the City of Forgetting.

If Matagatos were to win, intelligence and democratic debate would not be defeated—that much is obvious. What would triumph is the most primitive and foolish reflex of the country: fear turned into political program, ignorance elevated to virtue, and the ancestral fascination with the local strongman disguised as a savior, like Milei in Argentina or dictator Nayib Bukele in El Salvador. Slogan sellers need very little to thrive: an uninformed, politically illiterate crowd, some rabid fanatics unable to sustain an evidence-based discussion, and the eternal illusion that one man will solve in four years what decades of neglect, corruption, and violence have built.

Behind the spectacle, the lights, the gunpowder, and the bullets, there is no greatness or future. Only the same old authoritarianism disguised as novelty. The same recycled promise. The same country condemned to stumble over the same stone and celebrate the blow rather than reason. That is what football is for; that is what tabloids and dubious media are for: to misinform and act as executioners.

That is why, to my family, my friends, my acquaintances, and those who still believe Colombia deserves something better, I say: let us vote for peace, for education, for art. Let us vote for democracy. Let us vote for intelligence over shouting, memory over forgetting, hope over fear.

I would not want Martirio to become a premature chronicle of our reality.

Because wretched are those who deceive themselves until deception becomes habit. And wretched is my country when it insists on being the reflection of its worst ghosts, instead of the promise of its future.

Dargor



RÉFLEXIONS À LA VEILLE : ENTRE MARTYRE ET CRUELLE RÉALITÉ

Une chose est la littérature —quelque chose que je n’ai pas entrepris délibérément ; bien que, si au final je l’ai fait, soit ainsi— et tout autre chose est la réalité. Demain, je serai juré électoral et je me souviens des élections d’il y a quatre ans, lorsque je vivais dans le nord de Boyacá, à San Mateo. À cette occasion, Gustavo Petro a été élu président. Les paramilitaires sont arrivés dans leurs camionnettes, avec la poudre et le plomb, pour célébrer le premier tour lorsque Rodolfo Hernández a gagné ; cependant, ils sont restés bredouilles au second tour.

Dans le présent, à Tunja, lorsque tombera la soirée du 21 juin, nous saurons quel sera le destin du pays. Aujourd’hui cependant, les deux réalités convergent : la littérature et la réalité. Elles se rencontrent au même endroit pour tenter de dépeindre le pays et l’époque que j’ai été destiné à vivre en cette année 2026, avec mes fantômes et le souvenir de ce que j’ai vécu.

Quoi qu’il arrive, nous savons tous comment continuera la Colombie, Castilla, le pays du Sacré-Cœur de Jésus. Les noms, les discours et les couleurs des campagnes changeront, mais les blessures et la cruauté demeureront : le Deuxième Front National. Il y a des tragédies dans la vie d’un homme : l’une est de se mentir à soi-même ; l’autre, de se déguiser pour s’intégrer à un groupe ou un parti politique, une mode ou un cercle social. Je n’ai pas vécu ces tragédies. Je les ai rêvées, vues représentées, écrites dans mes livres. Et j’espère que nous ne redeviendrons jamais une nation où l’on persécute, réduit au silence ou tue pour penser différemment, pour ne pas rentrer dans le moule, pour oser être qui nous sommes.

Cela m’attriste de voir combien de compatriotes ont transformé la politique en prolongement du ressentiment et de la stupidité, de l’ignorance et de la négligence. Ils votent non par conviction, mais par haine et rancune ; non pour des propositions sérieuses, mais par réflexes conditionnés qui n’aboutissent nulle part. La mafia et l’establishment ont toujours compris une vérité élémentaire : un peuple informé est dangereux pour ceux qui vivent du privilège. C’est pourquoi prospèrent la désinformation et les slogans vides : « Firmes por la Patria ». « Hágale la línea al tigre », crient-ils, enragés, avec la fureur aveugle de ceux qui ne connaissent pas leur passé, chose très courante dans les villages de Boyacá. Tunja est une ville à part où, du moins, le progressisme résiste davantage. C’est pourquoi certains continuent de répéter des étiquettes et des caricatures comme s’il s’agissait d’arguments : il suffit de lire les commentaires sur les réseaux sociaux, les braiements, les exclamations sans orthographe ni cohérence, les « Ça m’amuse ». Comme si défendre les páramos, l’environnement, l’éducation publique, une vieillesse digne ou un salaire juste était une honte ; comme si cela faisait déjà de nous des guérilleros.

Pendant ce temps, les processus judiciaires avancent, les enquêtes apparaissent et les condamnations atteignent d’anciens alliés du pouvoir, comme le frère de El Matarife (pour avoir formé, financé et dirigé le groupe paramilitaire « Los 12 Apóstoles » dans les années 1990 dans le nord d’Antioquia, opérant depuis des fermes comme La Carolina, et pour le meurtre de Camilo Barrientos Durán, un chauffeur de bus exécuté en 1994 à Yarumal). Et, comme si souvent dans notre histoire, certains tentent de se laver les mains tandis que d’autres portent les cadavres.

Et oui, en parlant de dictatures et d’autoritarismes : s’ils arrivent, nous résisterons. La Colombie a survécu à trop de tragédies pour abandonner maintenant. La tragédie des Porkis : Porky Gaviria, Porky Samper, Porky Pastrana, Porky Uribe (qui est désormais appelé à témoigner pour les massacres de La Granja en 1996 et El Aro en 1997, entre autres crimes ; et qui a aussi subi un retour de boomerang lorsqu’il a accusé Iván Cepeda, le forçant à démissionner de son siège au Sénat et conduisant à une décision historique des tribunaux ordinaires après un procès pénal formel), Porky Santos, et « Porky Porky » (ce dernier faisant référence à Iván Duque, le cochon narco que nous avons affronté lors du soulèvement social).

La Colombie est un éboulement. Pas celui de Fernando Vallejo, écrivain que j’admire, ou peut-être si. Peut-être est-ce la Castilla de mon roman Martirio, à la fois prophétie et miroir de cauchemar. Parfois, je pense que la fiction est simplement arrivée avant la réalité, bien que j’aie du mal à y croire.

Je cite le chapitre V de mon livre :

« EXPECTAMUS RESURRECTIONEM MORTUORUM »

[Rrrrr… Le grondement étouffe le silence, marquant la fatalité dans sa marche.]

Santa Aldamia D. C. Quelques semaines plus tard, je suis arrivé à « l’Athènes sud-américaine », juste à temps pour assister au gouvernement qui allait ruiner le pays. Comme je maudis la violence, le culte de l’ignorance et la superstition ! Que sont ridicules la pauvreté, la corruption et la guerre. Celui qui ne s’émerveille pas devant l’univers a perdu son âme, son éternité.

Et plus loin, au chapitre XVII :

Ô existences mélancoliques, celles de Bastián et la mienne, et les destins des assassinés et des disparus. Mon œuvre posthume (je le veux) portera sur eux et sur la violence castillane. Un pays d’infamie et d’oubli, monstrueux, anachroniquement ambigu. Bastián avait surmonté les tragédies les plus atroces, comme David et ses apparitions ; les hétéronymes me parlaient à l’oreille (à l’âme), remplissant mon cœur d’anniversaires et de sentiments.

Lorsque je relis ces fragments en livre physique, je me demande combien relève de l’invention et combien du témoignage. Car la Colombie reste un pays où l’ignorance est célébrée, où la mémoire est courte et où trop de gens préfèrent le bruit des slogans au poids inconfortable des faits et de la vérité. Ô peuple colombien, je te plains ; frères de ma terre boyacense, de Tibaná, ma terre maternelle ; de San Mateo, que j’aime tant ; de Moniquirá ; de Tunja, la Ville de l’Oubli.

Si Matagatos venait à gagner, ce ne serait pas l’intelligence ni le débat démocratique qui seraient vaincus —cela est évident— mais le réflexe le plus primitif et le plus stupide du pays : la peur transformée en programme politique, l’ignorance élevée au rang de vertu, et la fascination ancestrale pour le caïd local déguisé en sauveur, comme Milei en Argentine ou le dictateur Nayib Bukele au Salvador. Les vendeurs de slogans n’ont besoin que de peu pour prospérer : une foule désinformée et politiquement analphabète, quelques fanatiques incapables de soutenir une discussion fondée sur des preuves, et l’illusion éternelle qu’un seul homme résoudra en quatre ans ce que des décennies d’abandon, de corruption et de violence ont construit.

Derrière le spectacle, les lumières, la poudre et le plomb, il n’y a ni grandeur ni avenir. Seulement le même autoritarisme de toujours déguisé en nouveauté. La même promesse recyclée. Le même pays condamné à trébucher sur la même pierre et à célébrer le choc plutôt que la raison. C’est à cela que sert le football ; à cela que servent les pamphlets et les médias douteux : à désinformer et à jouer le rôle de bourreaux.

C’est pourquoi, à ma famille, à mes amis, à mes connaissances et à ceux qui croient encore que la Colombie mérite mieux, je dis : votons pour la paix, pour l’éducation, pour l’art. Votons pour la démocratie. Votons pour l’intelligence face au cri, pour la mémoire face à l’oubli, pour l’espoir face à la peur.

Je ne voudrais pas que Martirio devienne une chronique anticipée de notre réalité.

Car sont malheureux ceux qui se trompent eux-mêmes jusqu’à faire de l’illusion une habitude. Et malheureux est mon pays lorsqu’il insiste à être le reflet de ses pires fantômes, au lieu de la promesse de son avenir.

Dargor

viernes, 19 de junio de 2026

Martirio, capítulo XXXVIII

 


[Plink, plink... Los gatos escuchan el silencio… como si la lluvia misma fuera un rumor de cariño.]



Shhh... Sleep slips away into thought, like the caress of the wind that fades before it can touch the skin.

Chut... Le sommeil se dérobe dans la pensée, comme la caresse du vent qui s’évanouit avant de frôler la peau.

しーっ……眠りは思考の中へとすり抜けていく。まるで、肌に触れる前に消えてしまう風のささやかな愛撫のように。

Psst... Der Schlaf entschlüpft dem Denken, wie die Liebkosung des Windes, die verweht, bevor sie die Haut berührt.

Тссс... Сон ускользает в мыслях, словно ласка ветра, исчезающая прежде, чем коснуться кожи.

Hysj... Søvnen glir unna i tankene, som vindens kjærtegn som forsvinner før det rekker å berøre huden.

Ssst... Il sonno sfugge nel pensiero, come la carezza del vento che svanisce prima di sfiorare la pelle.

쉿... 잠은 생각 속으로 미끄러지듯 사라진다. 마치 피부에 닿기 전에 흩어지는 바람의 어루만짐처럼.

嘘……睡意悄然遁入思绪,如同微风的轻抚,在触及肌肤之前便已消散。

Psiu... O sono escapa para o pensamento, como a carícia do vento que se desfaz antes de tocar a pele.

jueves, 18 de junio de 2026

Nuxg jk ruxñx

 


(Leerlo con música de Black Metal de fondo)


Es octubre y, en el cielo ya rojizo, se dibuja un sol moribundo. Bajo el hálito de mis recuerdos, emerge un demonio gigantesco.

—¡Ignorante esperanza, la que de fe y buenas intenciones se alimenta! —anuncia el demonio, erigiéndose en un trono de piedra.

—¿Qué es lo que le sale de la boca?… «¡Es él! ¡El viejo a quien en vida yo descuarticé! —pienso para mis adentros.»

Ahora, el acero del viejo desgarra el día, y así llega la noche, una noche entristecida por el viento, una noche tiberense.

—¿Por qué esas luces iluminan mi camino?

Quiero tomarlas, pero por cada una de ellas, borregos brotan ante mis ojos, se convierten en niños que se hacen hormigas y se pierden en la oscuridad. Entonces lo supe: la Muerte busca a los hombres, y los hombres buscan a la Muerte.

Una tormenta de acero azota durante horas; los cañones destruyen la zona, y yo me quedo en silencio, escuchando los gemidos que surgen de la tierra. En el campo de batalla, los caballos chapotean en el barro, dan vueltas, avanzan caracoleando y los soldados se arrastran, mutilados y llenos de ira.

Por fin, la tormenta cesa y las estrellas caen hechas migajas.

—¿Dónde están mis hijos? ¿¡Dónde!? —grita un campesino, y se quita la piel.

Ahora, a mi izquierda, yacen horrendas mujeres, ante un espíritu celeste.

—¡Quien cree en ti, Señor, no morirá para siempre! —cantan las mujeres a la elegía mientras los buitres vuelan sobre ellas.

Corro entre el rebaño, como un lobo en pos de la luna que me acompaña. A lo lejos, una lechuza hiende el espacio con un trino, y abajo, en el abismo, está mi corazón preso en una jaula de oro. No sé cómo he llegado a este jardín, pero al voltear la mirada, contemplo un paisaje de ensueño. Visiones se muestran ante mí y descubro en ellas la verdad de mi existencia. Puedo respirar, diviso un columpio y un avión donde los niños juegan; diviso el pasto, las llantas de colores, y en un árbol, apoyado en el tronco, alguien me espera. Me dirijo hacia él, y en sus ojos resplandece la luz del amanecer; sin embargo, ya es tarde cuando advierto que era mi padre. Se abre un pasillo por arte de magia, avanzo hacia la puerta, la abro y cruzo el patio con dirección al Cielo.

—¡En tus manos encomiendo mi espíritu!

Suspiro con el dolor a cuestas: ¿Acaso moriré? Lloro, las lágrimas perlan mis mejillas y caen convertidas en sangre.

—¡Llegaré al final!… Y entonces, sólo entonces, sabré qué hay más allá del El Paraíso.



(Read with Black Metal music playing in the background)

It is October, and in the sky, already turning crimson, a dying sun takes shape. Beneath the breath of my memories, a gigantic demon emerges.

“—Ignorant hope, nourished by faith and good intentions!” announces the demon, rising upon a throne of stone.

“What is coming out of his mouth?... It is him! The old man whom I dismembered while he was still alive! —I think to myself.”

Now the old man’s steel tears through the day, and thus night arrives—a night saddened by the wind, a Tiberian night.

“—Why do those lights illuminate my path?”

I want to seize them, but for each one of them, sheep spring forth before my eyes, turning into children who become ants and vanish into the darkness. Then I understood: Death seeks men, and men seek Death.

A storm of steel rages for hours; the cannons devastate the land, and I remain silent, listening to the moans rising from the earth. On the battlefield, horses splash through the mud, circle about, advance in prancing turns, and soldiers crawl forward, mutilated and consumed by rage.

At last, the storm ceases, and the stars fall apart into crumbs.

“—Where are my children? Where!?” cries a peasant, tearing off his skin.

Now, to my left, hideous women lie before a celestial spirit.

“—Whoever believes in You, Lord, shall not die forever!” sing the women in elegy as vultures soar above them.

I run among the flock like a wolf in pursuit of the moon that accompanies me. In the distance, an owl cleaves the air with its cry, and below, in the abyss, my heart lies imprisoned within a cage of gold. I do not know how I arrived in this garden, but when I turn my gaze, I behold a dreamlike landscape. Visions reveal themselves before me, and within them I discover the truth of my existence.

I can breathe. I see a swing and an airplane where children play; I see the grass, the colorful tires, and, leaning against the trunk of a tree, someone waiting for me. I walk toward him, and in his eyes shines the light of dawn; yet it is already too late when I realize that it was my father.

A corridor opens as if by magic. I move toward the door, open it, and cross the courtyard on my way to Heaven.

“—Into Your hands I commend my spirit!”

I sigh beneath the burden of pain: Shall I die? I weep, and tears pearl upon my cheeks before falling transformed into blood.

“—I shall reach the end!... And then, only then, will I know what lies beyond Paradise.”




domingo, 14 de junio de 2026

Elegía, Sombras del Destino: novela gráfica - poema I Lamentos

 


I

LAMENTOS


Sueño, sueño perdido,
el alba y el ocaso,
la Muerte reclama
de las almas el rito,
los azares, las flores,
los abrazos,
de la tierra al firmamento,
del firmamento, lo sombrío.

Sueño, los ojos extintos,
vacíos y profundos,
la noche es tu abrigo,
el alba, el olvido.

Solloza, niño, ataviado de olvido,
rezos al infinito cielo,
hermoso silencio,
los dados han sido lanzados.

Sueño, sueño sobre el bosque,
tan bellamente adornado,
donde los ángeles lloran,
bajo la lluvia yacen desahuciados.
Oh, niño, escucha a los vivos,
dadores de infortunios,
invocan perdón al padre sagrado.

Y nostálgicos son tus cantos,
y nostálgicos como tus juguetes
son tus recuerdos.
¿Son los recuerdos traídos por el viento,
o es el viento traído por los recuerdos?
El fuego arde, desvanecido,
en el susurro de un lamento.




I

LAMENTATIONS


Dream, lost dream,
the dawn and the dusk,
Death lays claim
to the rite of souls,
to chance, to flowers,
to embraces,
from earth to the firmament,
from the firmament, to the somber depths.

Dream, extinguished eyes,
empty and profound,
the night is your shelter,
the dawn, oblivion.
Sob, child, clothed in forgetfulness,
prayers to the infinite sky,
beautiful silence,
the dice have been cast.

Dream, dream above the forest,
so beautifully adorned,
where angels weep,
forsaken beneath the rain they lie.
Oh child, listen to the living,
bearers of misfortune,
who invoke forgiveness from the sacred Father.

And nostalgic are your songs,
and nostalgic, like your toys,
are your memories.
Are memories carried by the wind,
or is the wind carried by memories?
The fire burns, fading away,
within the whisper of a lament.



I

LAMENTATIONS


Rêve, rêve perdu,
l’aube et le crépuscule,
la Mort réclame
des âmes le rite,
les hasards, les fleurs,
les étreintes,
de la terre au firmament,
du firmament, les ténèbres.

Rêve, les yeux éteints,
vides et profonds,
la nuit est ton refuge,
l’aube, l’oubli.
Sanglote, enfant, vêtu d’oubli,
prières au ciel infini,
magnifique silence,
les dés ont été jetés.

Rêve, rêve au-dessus de la forêt,
si merveilleusement parée,
où les anges pleurent,
gisent abandonnés sous la pluie.
Ô enfant, écoute les vivants,
dispensateurs d’infortunes,
ils implorent le pardon du Père sacré.

Et nostalgiques sont tes chants,
et nostalgiques, comme tes jouets,
sont tes souvenirs.
Les souvenirs sont-ils portés par le vent,
ou le vent est-il porté par les souvenirs ?
Le feu brûle, s’évanouissant,
dans le murmure d’une lamentation.




I

哀歌


夢よ、失われた夢よ、
暁と黄昏、
死は求める、
魂たちの儀を。
偶然も、花々も、
抱擁もまた、
大地から蒼穹へ、
蒼穹から、陰鬱なる深みへ。

夢よ、
光を失った瞳、
虚ろにして深遠なる瞳よ。
夜はおまえの衣、
暁は忘却。
泣くがよい、忘却を纏う子よ、
果てなき空へ祈りを捧げよ。
美しき静寂のなか、
賽はすでに投げられた。

夢よ、森の上に漂う夢よ、
あまりにも美しく飾られた森。
そこでは天使たちが涙し、
雨の下に見捨てられて横たわる。
おお、子よ、生者たちの声を聞け。
不幸をもたらす者たちは、
聖なる父に赦しを乞う。

そして、おまえの歌は郷愁に満ち、
おもちゃのように懐かしく、
おまえの記憶もまた郷愁に満ちている。
記憶は風に運ばれるのか、
それとも風が記憶に運ばれるのか。
火は燃えながら消えゆき、
ひとつの哀嘆の囁きのなかへと溶けてゆく。

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Aura, Ciudad del Olvido: Plenilunio de Medianoche (material inédito)

 

Plenilunio de medianoche

 

Aura de noche en el invierno terrenal

Eres la senda y el albar de vida

Eres la belleza lóbrega y divina

Ciudad de deseo y amor inmortal

 

(C. LEÓN)

 

En Halloween, los fantasmas surgían en las tinieblas de la noche, y mi espíritu —sí, mi atormentado espíritu— agonizaba delirante. Ahora, cuando termine de escribir estas líneas, las lágrimas se tallarán en la piel, y sabré, —¡ah, por los dioses que sabré! — por qué viví y por qué moriré.

Era una tarde, de un mes lejano, de un año perdido en el tedio y lo más profundo de mi sufrimiento. Llegué al Norte de la ciudad y entré en un bar. Contemplé en la pared unos cuadros que evocaron mi juventud y… suspiré. ¡Ah, el tiempo lo borra todo, incluso lo que llamamos amor!

Solicité una botella de aguardiente a la camarera: una joven vestida con una camiseta y un pantalón ceñido. Bebí dos o tres copas y el suplicio llamó a mi puerta. La música comenzó a sonar: una melodía cuyo creador ya partió de este mundo hacia las estrellas. Deseé fumar un cigarrillo, y no había terminado de encenderlo cuando escuché alguien que me llamaba. Aquella voz no pertenecía a la mujer que me había traicionado, ni a ninguna otra de mis amantes. Era una voz sensual, tan dulce que ahondó en mi corazón: «¡Hola, cariño!» 

Observé cómo una mujer jugueteaba con su cabello a la luz de las velas. Curvé mis labios en una sonrisa y pensé: «Tiene un rostro cálido, pero… esos ojos, ¿por qué se ven tan fríos y a la vez tan bellos?»

Ella se humedeció los labios, cruzó las piernas y apoyó los codos en la mesa. Bebió un trago de vino, y la miré con deseo… Para mi sorpresa, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció.

Tomé la botella de aguardiente y salí del bar. Atravesé la avenida. Caminé más rápido y, al llegar a la estatua de la Virgen del Carmen, la niebla se espesó a mi alrededor. Miré el reloj: eran las once menos cinco. Me acerqué a la estación del tren, levanté la vista hacia el cielo y contemplé la luna con los ojos puestos en el pasado.

«Ya no me queda nada», comprendí, afligido. Di un paso, luego otro, y así avancé. De pronto, el viento sopló con fuerza y distinguí un grupo de personas sentadas alrededor de una fogata, cuya luz iluminaba el terreno. En cuanto me aproximé, un viejo se puso de pie y me invitó a sentarme. Recuerdo con claridad su vestimenta: traje de chaqué oscuro, sombrero de paño fino, corbata y un bastón en la mano derecha. Tenía el cabello largo, enmarañado, y las canas le cubrían el rostro surcado por arrugas. Tosía con dolor; era un carraspeo. Vi también a una anciana de pequeña estatura y ojos esmeralda. Vestía un saco holgado y una falda larga. Por su aspecto, calculé que tendría unos setenta u ochenta años. A su lado, dos gemelos jugaban con sus muñecos, y junto a ellos, una pareja tímida.

«¿Acaso no es este el hombre que mató a su amante en el puente de Las Nieves…? —pensé.»

Un joven, de espaldas, permanecía apartado. Su figura era apesadumbrada y silenciosa. Todos eran flaquísimos y vestían trajes negros. Enmudecieron cuando el viejo me pidió algo de beber. Saqué la botella, aún con más de la mitad del contenido, se la ofrecí y él tomó un sorbo:

—¡Bebamos! ¡Brindemos por los muertos y por los vivos! —exclamó al regar un poco de alcohol en el piso—. ¡Para las benditas ánimas!

A medida que la niebla se disipaba y flotaba sobre el suelo, el viejo bebió otro trago, clavó su bastón y comenzó un relato.

—La historia que escucharán sucedió en 1945. Presten atención —y prosiguió:

—«La estación del tren era una casa que conectaba las vías del Norte con las del Sur. De día, el tren viajaba a los pueblos cercanos; de noche, se dirigía a Bogotá. La ruta era tan conocida, que cierto día, un extranjero llamado Adelfried Strauffenberg, nieto de un alemán residente en el Valle de Tenza, aprovechó un golpe de suerte —o de ingenio, vayan ustedes a saber—, y creó, a partir de una leyenda, el recorrido turístico denominado El Viaje del Amor Prohibido.

»Este hacía referencia a una historia, contada por los guías a los pasajeros del tren con tal intensidad, que al viajar en los vagones de primera o segunda clase, se sentía el pasado hecho presente. Gracias a su ingeniosa idea, Strauffenberg se convirtió en uno de los hombres más adinerados de la región. En pocos años, el recorrido atrajo enamorados de todo el país a Tunja. Incluso, la leyenda cruzó las fronteras de Colombia.

»En pocas horas, el tren recorría ciento setenta y nueve kilómetros de hermosísimos paisajes hasta la última estación del altiplano central. En cada parada, los pasajeros encontraban fragmentos de la historia indígena, escritos en varios idiomas, y decorados con dibujos.

»La historia transportaba a los viajeros al tiempo de Hunzahúa, primer Zaque del pueblo Muisca, y su hermana Noncetá, quienes fueron desterrados por incesto. Se refugiaron en la provincia de Los Chipataes. Allí, convertidos en esposos, se entregaron al amor bajo el hechizo de la naturaleza. Sus cuerpos, de piel cobriza, se unieron entre algodones y el sol. El cabello de ambos danzaba en el viento, testigo de su pasión. Noncetá, seducida por un beso en el cuello, se entregó al deseo, y una nueva vida comenzó a latir en su vientre.

»Con el tiempo,  Hunzahúa y Noncetá añoraron la tierra de sus padres, y decidieron volver para afrontar su aciago destino. Noncetá fue directo a casa y Hunzahúa subió a los Cojines del Zaque. La mujer esperó junto a una piedra, donde fue descubierta por su madre, la Cacica Faravita. La vieja, al ver que los pechos y vientre de la joven habían crecido, e informada del regreso de sus hijos, intentó castigarla arrojándole un madero. Noncetá se ocultó tras una vasija y lo esquivó. Al correr, derramó la chicha. Así se creó un pozo sin fondo.

»Mientras tanto, Hunzahúa finalizaba un ritual en honor al sol. Al regresar, al ser acusado de su pecado, partió al Sur. Caminó hasta la Loma de los Ahorcados, hoy el Alto de San Lázaro, donde encontró a Noncetá y, con voz potente, maldijo la tierra:

¡Hunza!, serás estéril; ya nunca más, ni flores, ni árboles verán tu maldito suelo; la tierra que te sostiene será desnuda y barrancosa, y no tendrás más compañeros que el viento y el frío.

»Viajaron a Susa y cruzaron Bacatá. Poco después de anochecido, en una cueva, nació el niño de los pecadores. Al primer contacto con el aire, se convirtió en piedra, y al instante se quebró. Afligidos, los enamorados se petrificaron en medio del Salto del Tequendama. Todo concluyó con un beso».

Al culminar la historia, el viejo bebió un último trago de aguardiente. La nostalgia me envolvió. Entonces, las luces de los faroles comenzaron a apagarse, una tras otra, una tras otra y… un escalofrío recorrió mi espalda. De súbito, una figura emergió de la penumbra y… se acercó. ¡Era la mujer del bar! ¡El asombro y el terror me paralizaron!

Ella se acercó y con total naturalidad, atravesó mi cuerpo. Así, a sotavento, el tren apareció. La mujer sombría tomó del cuello al joven que estaba a mi lado y subieron al primer vagón. Los demás los siguieron. El tren partió por la vía cincuenta y cinco, y se perdió en el horizonte… iluminado por el plenilunio de medianoche.



Midnight Full Moon



Earthly winter night aura,
You are the path and the dawn of life,
You are the somber and divine beauty,
City of desire and immortal love.

(C. LEÓN)

On Halloween, ghosts emerged from the darkness of the night, and my spirit—yes, my tormented spirit—agonized in delirium. Now, when I finish writing these lines, tears will carve themselves into my skin, and I shall know—ah, by the gods, I shall know!—why I lived and why I shall die.

It was an afternoon in a distant month, in a year lost to tedium and the depths of my suffering. I arrived in the northern part of the city and entered a bar. I gazed at several paintings hanging on the wall that brought back memories of my youth and... I sighed. Ah, time erases everything, even what we call love!

I asked the waitress for a bottle of aguardiente: a young woman dressed in a T-shirt and tight-fitting trousers. I drank two or three glasses, and torment came knocking at my door. The music began to play—a melody whose creator had already departed this world for the stars. I wanted to smoke a cigarette, and before I had finished lighting it, I heard someone calling me. That voice did not belong to the woman who had betrayed me, nor to any of my other lovers. It was a sensual voice, so sweet that it pierced my heart:

“Hello, darling!”

I watched a woman playing with her hair in the candlelight. I curled my lips into a smile and thought: “She has a warm face, but... those eyes—why do they seem so cold and yet so beautiful?”

She moistened her lips, crossed her legs, and rested her elbows on the table. She took a sip of wine, and I looked at her with desire... To my astonishment, in the blink of an eye, she disappeared.

I picked up the bottle of aguardiente and left the bar. I crossed the avenue. I walked faster, and when I reached the statue of the Virgin of Carmen, the fog thickened around me. I looked at my watch: it was five minutes to eleven. I approached the train station, raised my eyes to the sky, and gazed at the moon with my thoughts fixed on the past.

“I have nothing left,” I realized sorrowfully.

I took one step, then another, and continued onward. Suddenly, the wind blew fiercely, and I noticed a group of people sitting around a bonfire whose light illuminated the ground. As I approached, an old man stood up and invited me to sit down.

I remember his attire clearly: a dark morning coat, a fine felt hat, a necktie, and a walking stick in his right hand. His hair was long and tangled, and gray strands covered his deeply wrinkled face. He coughed painfully; it was a harsh rasping cough. I also saw an elderly woman of short stature with emerald-green eyes. She wore a loose jacket and a long skirt. Judging by her appearance, I estimated she was seventy or eighty years old. Beside her, two twins played with dolls, and nearby sat a shy couple.

“Could this be the man who killed his lover on Las Nieves Bridge...?” I thought.

A young man, with his back turned, remained apart from the others. His figure was burdened and silent. All of them were extremely thin and dressed in black suits.

They fell silent when the old man asked me for something to drink. I took out the bottle, still more than half full, offered it to him, and he took a swallow.

“Let us drink! Let us toast the dead and the living!” he exclaimed as he poured a little liquor onto the ground. “For the blessed souls!”

As the fog drifted and thinned across the earth, the old man took another drink, planted his cane firmly in the soil, and began a tale.

“The story you are about to hear took place in 1945. Pay close attention,” he said, and continued:

 


The train station was a house that connected the northern tracks with the southern ones. During the day, the train traveled to nearby towns; at night, it headed for Bogotá. The route became so well known that one day a foreigner named Adelfried Strauffenberg, the grandson of a German resident of the Tenza Valley, took advantage of a stroke of luck—or ingenuity, who can say?—and created, from a legend, a tourist route known as The Voyage of Forbidden Love.

“This route referred to a story told by the train guides to the passengers with such intensity that, while traveling in the first- or second-class carriages, one felt as though the past had become present. Thanks to his ingenious idea, Strauffenberg became one of the wealthiest men in the region. Within a few years, the journey attracted lovers from all over the country to Tunja. The legend even crossed the borders of Colombia.

“In just a few hours, the train covered one hundred and seventy-nine kilometers of breathtaking landscapes to the final station of the central highlands. At every stop, passengers encountered fragments of Indigenous history, written in several languages and decorated with illustrations.

“The story transported travelers back to the time of Hunzahúa, the first Zaque of the Muisca people, and his sister Noncetá, who were banished for incest. They sought refuge in the province of Los Chipataes. There, having become husband and wife, they surrendered themselves to love beneath the enchantment of nature. Their copper-colored bodies united amid cotton blossoms and sunlight. Their hair danced in the wind, witness to their passion. Seduced by a kiss upon her neck, Noncetá yielded to desire, and a new life began to stir within her womb.

“In time, Hunzahúa and Noncetá longed for the land of their parents and decided to return to face their tragic destiny. Noncetá went directly home, while Hunzahúa climbed to the Cushions of the Zaque. The woman waited beside a stone, where she was discovered by her mother, the Cacica Faravita. When the old woman saw that her daughter’s breasts and belly had grown, and learned of the return of her children, she attempted to punish her by hurling a wooden beam at her. Noncetá hid behind a vessel and avoided the blow. As she fled, she spilled the chicha. Thus, a bottomless well was created.

“Meanwhile, Hunzahúa was completing a ritual in honor of the sun. Upon his return, accused of his sin, he departed southward. He walked to the Hill of the Hanged, today known as Alto de San Lázaro, where he found Noncetá and, in a powerful voice, cursed the land:

‘Hunza! You shall be barren forevermore. Never again shall flowers or trees grow upon your accursed soil. The land that sustains you shall be naked and ravined, and you shall have no companions but the wind and the cold.’

“They journeyed to Susa and crossed Bacatá. Shortly after nightfall, in a cave, the child of the sinners was born. At its first contact with the air, it turned to stone and instantly shattered. Stricken with grief, the lovers themselves became stone in the midst of Tequendama Falls. It all ended with a kiss.”

When the old man finished the story, he took one final drink of aguardiente. Nostalgia enveloped me. Then the streetlamps began to go out, one after another, one after another, and... a chill ran down my spine.



Suddenly, a figure emerged from the darkness and began to approach.

It was the woman from the bar!

Astonishment and terror paralyzed me.

She came closer and, with complete naturalness, passed straight through my body.

Then, sheltered from the wind, the train appeared. The shadowy woman seized the young man who had been standing beside me by the neck, and together they boarded the first carriage. The others followed them.

The train departed along Track Fifty-Five and disappeared into the horizon... illuminated by the midnight full moon.




Pleine Lune de Minuit

Aura nocturne de l’hiver terrestre,
Tu es le sentier et l’aube de la vie,
Tu es la beauté sombre et divine,
Cité du désir et de l’amour immortel.

(C. LEÓN)

À Halloween, les fantômes surgissaient des ténèbres de la nuit, et mon esprit — oui, mon esprit tourmenté — agonisait dans le délire. À présent, lorsque j’aurai terminé d’écrire ces lignes, les larmes se graveront dans ma peau, et je saurai — ah, par les dieux, je saurai ! — pourquoi j’ai vécu et pourquoi je mourrai.

C’était un après-midi d’un mois lointain, d’une année perdue dans l’ennui et dans les profondeurs de ma souffrance. J’arrivai dans le nord de la ville et entrai dans un bar. Je contemplai sur le mur plusieurs tableaux qui évoquèrent ma jeunesse et… je soupirai. Ah, le temps efface tout, même ce que nous appelons l’amour !

Je demandai une bouteille d’aguardiente à la serveuse : une jeune femme vêtue d’un tee-shirt et d’un pantalon moulant. Je bus deux ou trois verres, et le supplice frappa à ma porte. La musique commença à retentir : une mélodie dont le créateur avait déjà quitté ce monde pour les étoiles. Je voulus fumer une cigarette, et je n’avais pas fini de l’allumer lorsque j’entendis quelqu’un m’appeler. Cette voix n’appartenait ni à la femme qui m’avait trahi ni à aucune de mes autres amantes. C’était une voix sensuelle, si douce qu’elle pénétra jusqu’au plus profond de mon cœur :

« Bonjour, mon chéri ! »

Je regardai une femme jouer avec ses cheveux à la lumière des bougies. Un sourire se dessina sur mes lèvres et je pensai : « Son visage est chaleureux, mais… pourquoi ses yeux paraissent-ils si froids et pourtant si beaux ? »

Elle humidifia ses lèvres, croisa les jambes et posa ses coudes sur la table. Elle but une gorgée de vin, et je la contemplai avec désir… À ma grande surprise, en un clin d’œil, elle disparut.

Je pris la bouteille d’aguardiente et quittai le bar. Je traversai l’avenue. J’accélérai le pas et, lorsque j’atteignis la statue de la Vierge du Carmel, le brouillard s’épaissit autour de moi. Je regardai ma montre : il était onze heures moins cinq. Je m’approchai de la gare, levai les yeux vers le ciel et contemplai la lune, l’esprit tourné vers le passé.

« Il ne me reste plus rien », compris-je, accablé.

Je fis un pas, puis un autre, et poursuivis ma route. Soudain, le vent souffla avec force et j’aperçus un groupe de personnes assises autour d’un feu de camp dont la lumière éclairait le terrain. Lorsque je m’approchai, un vieil homme se leva et m’invita à m’asseoir.

Je me souviens parfaitement de sa tenue : une redingote sombre, un chapeau de feutre raffiné, une cravate et une canne dans la main droite. Ses cheveux étaient longs et emmêlés, et des mèches grises couvraient son visage sillonné de rides. Il toussait douloureusement ; c’était un raclement de gorge rauque. J’aperçus également une vieille femme de petite taille aux yeux émeraude. Elle portait une veste ample et une longue jupe. À en juger par son apparence, elle devait avoir entre soixante-dix et quatre-vingts ans. À ses côtés, deux jumeaux jouaient avec leurs poupées, et non loin d’eux se tenait un couple timide.

« Ne serait-ce pas l’homme qui a tué sa maîtresse sur le pont de Las Nieves… ? », pensai-je.

Un jeune homme, tourné de dos, restait à l’écart. Sa silhouette était lourde de tristesse et de silence. Tous étaient extrêmement maigres et vêtus de noir.

Ils se turent lorsque le vieil homme me demanda quelque chose à boire. Je sortis la bouteille, encore à moitié pleine, la lui tendis, et il en avala une gorgée.

— Buvons ! Portons un toast aux morts et aux vivants ! s’écria-t-il en répandant un peu d’alcool sur le sol. Aux âmes bénies !

Tandis que le brouillard se dissipait et flottait au ras de la terre, le vieil homme but une autre gorgée, planta sa canne dans le sol et commença son récit.

— L’histoire que vous allez entendre s’est déroulée en 1945. Soyez attentifs.

Et il poursuivit :

— « La gare était une maison qui reliait les voies du Nord à celles du Sud. Le jour, le train desservait les villages voisins ; la nuit, il se dirigeait vers Bogotá. L’itinéraire devint si célèbre qu’un certain jour, un étranger nommé Adelfried Strauffenberg, petit-fils d’un Allemand installé dans la vallée de Tenza, profita d’un coup de chance — ou de génie, allez savoir — et créa, à partir d’une légende, un parcours touristique appelé Le Voyage de l’Amour Interdit.


Ce voyage faisait référence à une histoire racontée par les guides aux passagers du train avec une telle intensité que, lorsqu’ils voyageaient dans les wagons de première ou de seconde classe, ils avaient l’impression que le passé redevenait présent. Grâce à son idée ingénieuse, Strauffenberg devint l’un des hommes les plus riches de la région. En quelques années, le parcours attira à Tunja des amoureux venus de tout le pays. La légende franchit même les frontières de la Colombie.

» En seulement quelques heures, le train parcourait cent soixante-dix-neuf kilomètres à travers des paysages magnifiques jusqu’à la dernière gare de l’Altiplano central. À chaque arrêt, les voyageurs découvraient des fragments de l’histoire indigène, rédigés en plusieurs langues et illustrés de dessins.

» Cette histoire transportait les voyageurs à l’époque de Hunzahúa, premier Zaque du peuple muisca, et de sa sœur Noncetá, qui furent bannis pour inceste. Ils trouvèrent refuge dans la province des Chipataes. Là, devenus époux, ils s’abandonnèrent à l’amour sous le charme de la nature. Leurs corps à la peau cuivrée s’unirent parmi les cotonniers et sous le soleil. Leurs cheveux dansaient dans le vent, témoin de leur passion. Séduite par un baiser dans le cou, Noncetá céda au désir, et une nouvelle vie commença à battre dans son ventre.

» Avec le temps, Hunzahúa et Noncetá éprouvèrent la nostalgie de la terre de leurs parents et décidèrent de revenir pour affronter leur funeste destin. Noncetá rentra directement chez elle tandis que Hunzahúa monta aux Cojines del Zaque. La jeune femme attendit près d’une pierre, où elle fut découverte par sa mère, la cacique Faravita. Lorsque la vieille femme vit que les seins et le ventre de sa fille avaient grossi et apprit le retour de ses enfants, elle tenta de la punir en lui lançant une poutre de bois. Noncetá se cacha derrière une jarre et évita le coup. En s’enfuyant, elle renversa la chicha. C’est ainsi qu’un puits sans fond fut créé.

» Pendant ce temps, Hunzahúa achevait un rituel en l’honneur du soleil. Lorsqu’il revint, accusé de son péché, il prit la direction du sud. Il marcha jusqu’à la Colline des Pendus, aujourd’hui appelée Alto de San Lázaro, où il retrouva Noncetá et, d’une voix puissante, maudit la terre :

“Hunza ! Tu seras stérile ; jamais plus ni fleurs ni arbres ne pousseront sur ton sol maudit. La terre qui te soutient sera nue et ravinée, et tu n’auras d’autres compagnons que le vent et le froid.”

» Ils voyagèrent jusqu’à Susa et traversèrent Bacatá. Peu après la tombée de la nuit, dans une grotte, naquit l’enfant des pécheurs. Dès son premier contact avec l’air, il se transforma en pierre et se brisa aussitôt. Accablés de douleur, les deux amants furent eux aussi changés en pierre au milieu du Salto del Tequendama. Tout s’acheva par un baiser. »

Lorsque le vieil homme termina son récit, il but une dernière gorgée d’aguardiente. La nostalgie m’envahit. Alors, les réverbères commencèrent à s’éteindre, l’un après l’autre, l’un après l’autre, et… un frisson parcourut mon échine.



Soudain, une silhouette émergea de la pénombre et… s’approcha.

C’était la femme du bar !

La stupeur et la terreur me paralysèrent.

Elle s’avança vers moi et, avec un naturel déconcertant, traversa mon corps.

Puis, à l’abri du vent, le train apparut. La femme sombre saisit par le cou le jeune homme qui se tenait à mes côtés, et ils montèrent dans le premier wagon. Les autres les suivirent.

Le train s’engagea sur la voie cinquante-cinq et s’éloigna jusqu’à disparaître à l’horizon… illuminé par la pleine lune de minuit.



REFLEXIONES EN LA VÍSPERA: ENTRE EL MARTIRIO Y LA CRUEL REALIDAD

Una cosa es la literatura —algo que en realidad no he pretendido hacer deliberadamente; aunque, si al final la he hecho, bienvenido sea— y o...