Una cosa es la literatura —algo que en realidad no he pretendido hacer deliberadamente; aunque, si al final la he hecho, bienvenido sea— y otra muy distinta es la realidad. Mañana seré jurado de votación y recuerdo las elecciones de hace cuatro años, cuando vivía en el norte de Boyacá, en San Mateo. En esa ocasión, Gustavo Petro fue elegido presidente. Los paracos llegaron con sus camionetas, con la pólvora y el plomo, a celebrar la primera vuelta cuando Rodolfo Hernández ganó; sin embargo, quedaron «mamando» en la segunda vuelta.
Ya en este presente, en Tunja, y para cuando caiga la tarde, la noche del 21 de junio, sabremos cuál será el destino del país. Hoy, sin embargo, confluyen ambas: la literatura y la realidad. Se encuentran en un mismo lugar para intentar retratar el país y la época que me correspondió vivir, este 2026, con mis fantasmas y el recuerdo de lo que he vivido.
Pase lo que pase, todos sabemos cómo seguirá Colombia, Castilla, el país del Sagrado Corazón de Jesús. Cambiarán los nombres, los discursos y los colores de las campañas, pero permanecerán las heridas y la crueldad: el Segundo Frente Nacional. Hay tragedias en la vida de un hombre: una es mentirse a sí mismo; otra, disfrazarse para encajar en un grupo o partido político, en una moda o en un grupo social. Yo no he vivido esas tragedias. Las he soñado, las he visto retratadas, las he escrito en mis libros. Y espero que jamás volvamos a una nación donde nos persigan, nos silencien o nos maten por pensar distinto, por no encajar, por atrevernos a ser quienes somos.
Me entristece ver cómo tantos compatriotas han convertido la política en una extensión del resentimiento y la estupidez, de la ignorancia y la desidia. Votan no por convicción, sino por odio y rencor; no por propuestas serias, sino por reflejos condicionados que no llegarán a buen término. La mafia y el establecimiento siempre han entendido una verdad elemental: un pueblo informado es peligroso para quienes viven del privilegio. Por eso prosperan la desinformación y los eslóganes vacíos: «Firmes por la Patria». «Hágale la línea al tigre», chillan, enajenados, con la furia ciega de quien no conoce su pasado, algo muy común en los pueblos de Boyacá. Tunja es una ciudad aparte donde, por lo menos, el progresismo resiste más. Por eso hay quienes siguen repitiendo etiquetas y caricaturas como si fueran argumentos: no hay más que ver los comentarios en redes sociales, los rebuznos, las exclamaciones sin ortografía ni coherencia, los «Me divierte». Como si defender los páramos, el medio ambiente, la educación pública, una vejez digna o un salario justo fuera motivo de vergüenza; como si por ello ya fuéramos guerrilleros.
Mientras tanto, los procesos judiciales avanzan, las investigaciones aparecen y las condenas alcanzan a viejos aliados del poder, como el hermano de El Matarife (por conformar, financiar y dirigir el grupo paramilitar «Los 12 Apóstoles» en los años noventa en el norte de Antioquia, operando desde fincas como La Carolina, y por el asesinato de Camilo Barrientos Durán, un conductor de autobús ejecutado en 1994 en Yarumal). Y, como tantas veces en nuestra historia, algunos pretenden lavarse las manos mientras otros cargan con los cadáveres.
Y sí, hablando de dictaduras y autoritarismos: si llegan, resistiremos. Colombia ha sobrevivido a demasiadas tragedias para rendirse ahora. La tragedia de los Porkis: Porky Gaviria, Porky Samper, Porky Pastrana, Porky Uribe (que ahora es llamado a declarar por las masacres de La Granja en 1996 y El Aro en 1997, entre otros delitos; ah, y también «le salió el tiro por la culata» al acusar a Iván Cepeda, lo que lo obligó a renunciar a su curul en el Senado y lo condujo al histórico fallo de los tribunales ordinarios tras enfrentar un juicio penal formal), Porky Santos y «Porky Porky» (este último, refiriéndose a Iván Duque, el narco marrano al que le hicimos el Estallido Social).
Colombia es un desbarrancadero. No el de Fernando Vallejo, escritor que admiro, o quizá sí. Tal vez sea la Castilla de mi novela Martirio, que tiene tanto de profecía como de espejo de pesadilla. A veces pienso que la ficción simplemente llegó antes que la realidad, aunque me cueste creerlo.
Cito el capítulo V de mi libro:
«EXPECTAMUS RESURRECTIONEM MORTUORUM»
[Rrrrr… El retumbar ahoga el silencio, marcando la fatalidad en su marcha.]
Santa Aldamia D. C. Semanas más tarde llegué a la «Atenas Suramericana», justo a tiempo para presenciar el gobierno que jodería al país. ¡Cómo maldigo la violencia, el culto a la ignorancia y la superstición! Qué irrisorias son la pobreza, la corrupción y la guerra. Quien no se maravilla del universo ha perdido su alma, su eternidad.
Y más adelante, en el capítulo XVII:
¡Melancólicas existencias, las de Bastián y la mía!, y los desenlaces de los asesinados y desaparecidos. Mi obra póstuma (quiero yo) versará sobre ellos y sobre la violencia castellana. Un país de infamia y olvido, monstruoso, anacrónicamente ambiguo. Bastián había superado las tragedias más atroces, como David y sus apariciones; los heterónimos me hablaban al oído (al alma), alegraban mi corazón con efemérides y sentimientos.
Cuando releo esos fragmentos por fin en libro físico, me pregunto cuánto hay de invención y cuánto de testimonio. Porque Colombia sigue siendo un país donde la ignorancia se celebra, donde la memoria es corta y donde demasiados prefieren el ruido de la consigna al peso incómodo de los hechos y de la mentira. ¡Ay, pueblo colombiano, te compadezco!; hermanos de mi tierra boyacense, de Tibaná, la tierra materna; de San Mateo, que tanto quiero; de Moniquirá; de Tunja, la Ciudad del Olvido.
Si el Mata Gatos ganara, no vencerían la inteligencia ni el debate democrático; eso es más que evidente. Vencería el reflejo más primario y estúpido del país: el miedo convertido en programa político, la ignorancia elevada a virtud y la fascinación ancestral por el matón de turno disfrazado de salvador, como Milei en Argentina o el dictador Nayib Bukele en El Salvador. Los vendedores de consignas necesitan muy poco para prosperar: una multitud desinformada y analfabeta política, algunos fanáticos rabiosos incapaces de sostener una discusión con evidencias y la eterna ilusión de que un hombre resolverá en cuatro años lo que décadas de abandono, corrupción y violencia han construido.
Detrás del espectáculo, de las luces, de la pólvora y del plomo, no hay grandeza ni futuro. Solo el mismo autoritarismo de siempre maquillado de novedad. La misma promesa reciclada. El mismo país condenado a tropezar con la misma piedra y a celebrar el golpe antes que la razón. Para eso está el fútbol; para eso están los pasquines y los dudosos medios de comunicación: para desinformar y hacer el papel de verdugos.
Por eso, a mi familia, a mis amigos, a mis conocidos y a quienes aún creen que Colombia merece algo mejor, les digo: votemos por la paz, por la educación, por el arte. Votemos por la democracia. Votemos por la inteligencia frente al grito, por la memoria frente al olvido, por la esperanza frente al miedo.
No quisiera que Martirio terminara convirtiéndose en una crónica anticipada de nuestra realidad.
Porque desdichados son los que se engañan a sí mismos hasta hacer del engaño una costumbre. Y desdichado es mi país cuando insiste en ser el reflejo de sus peores fantasmas, en lugar de la promesa de su futuro.
Dargor
REFLECTIONS ON THE EVE: BETWEEN MARTYRDOM AND CRUEL REALITY
One thing is literature—something I have not deliberately set out to do; although, if in the end I have done it, so be it—and quite another is reality. Tomorrow I will serve as an election juror, and I remember the elections from four years ago, when I lived in northern Boyacá, in San Mateo. On that occasion, Gustavo Petro was elected president. The paramilitaries arrived in their trucks, with gunpowder and bullets, to celebrate the first round when Rodolfo Hernández won; however, they were left empty-handed in the second round.
Now in the present, in Tunja, and when the evening of June 21 falls, we will know the fate of the country. Today, however, both realities converge: literature and reality. They meet in the same place to try to portray the country and the time I have been destined to live in this 2026, with my ghosts and the memory of what I have lived.
Whatever happens, we all know how Colombia will continue, Castilla, the country of the Sacred Heart of Jesus. Names, speeches, and campaign colors will change, but the wounds and cruelty will remain: the Second National Front. There are tragedies in a man’s life: one is lying to oneself; another is disguising oneself to fit into a group or political party, a trend, or a social circle. I have not lived those tragedies. I have dreamed them, seen them portrayed, written them in my books. And I hope we never again become a nation where we are persecuted, silenced, or killed for thinking differently, for not fitting in, for daring to be who we are.
I am saddened to see how so many compatriots have turned politics into an extension of resentment and stupidity, of ignorance and neglect. They vote not out of conviction, but out of hatred and rancor; not for serious proposals, but for conditioned reflexes that will not lead anywhere. The mafia and the establishment have always understood a basic truth: an informed people is dangerous for those who live off privilege. That is why misinformation and empty slogans thrive: “Firmes por la Patria.” “Hágale la línea al tigre,” they shout, deranged, with the blind fury of those who do not know their past, something very common in the towns of Boyacá. Tunja is a separate city where, at least, progressivism resists more. That is why some continue repeating labels and caricatures as if they were arguments: one only has to read social media comments, the braying, the incoherent and misspelled exclamations, the “I’m amused.” As if defending páramos, the environment, public education, a dignified old age, or a fair wage were shameful; as if that alone made us guerrillas.
Meanwhile, judicial processes advance, investigations appear, and convictions reach old allies of power, such as the brother of El Matarife (for forming, financing, and directing the paramilitary group “Los 12 Apóstoles” in the 1990s in northern Antioquia, operating from farms like La Carolina, and for the murder of Camilo Barrientos Durán, a bus driver executed in 1994 in Yarumal). And, as so often in our history, some try to wash their hands while others carry the corpses.
And yes, speaking of dictatorships and authoritarianism: if they come, we will resist. Colombia has survived too many tragedies to give up now. The tragedy of the Porkis: Porky Gaviria, Porky Samper, Porky Pastrana, Porky Uribe (who is now being called to testify for the massacres of La Granja in 1996 and El Aro in 1997, among other crimes; and who also had his “boomerang effect” when accusing Iván Cepeda, forcing him to resign his Senate seat and leading to a historic ruling in ordinary courts after facing a formal criminal trial), Porky Santos, and “Porky Porky” (the latter referring to Iván Duque, the narco pig we confronted during the Social Uprising).
Colombia is a landslide. Not Fernando Vallejo’s, the writer I admire, or perhaps yes. Maybe it is the Castilla of my novel Martirio, which is both prophecy and nightmare mirror. Sometimes I think fiction simply arrived before reality, though I struggle to believe it.
I quote Chapter V of my book:
“EXPECTAMUS RESURRECTIONEM MORTUORUM”
[Rrrrr… The rumbling drowns out silence, marking fate in its march.]
Santa Aldamia D. C. Weeks later I arrived in the “South American Athens,” just in time to witness the government that would damn the country. How I curse violence, the cult of ignorance, and superstition! How ridiculous poverty, corruption, and war are. Whoever does not marvel at the universe has lost their soul, their eternity.
And later, in Chapter XVII:
O melancholic existences, those of Bastián and mine, and the destinies of the murdered and the disappeared. My posthumous work (I intend) will be about them and about Castilian violence. A country of infamy and oblivion, monstrous, anachronistically ambiguous. Bastián had overcome the most atrocious tragedies, like David and his apparitions; the heteronyms spoke to me in the ear (to the soul), filling my heart with anniversaries and feelings.
When I reread these fragments in printed form, I wonder how much is invention and how much testimony. Because Colombia remains a country where ignorance is celebrated, where memory is short, and where too many prefer the noise of slogans over the uncomfortable weight of facts and truth. Oh Colombian people, I pity you; brothers of my Boyacá land, of Tibaná, my maternal land; of San Mateo, which I love so much; of Moniquirá; of Tunja, the City of Forgetting.
If Matagatos were to win, intelligence and democratic debate would not be defeated—that much is obvious. What would triumph is the most primitive and foolish reflex of the country: fear turned into political program, ignorance elevated to virtue, and the ancestral fascination with the local strongman disguised as a savior, like Milei in Argentina or dictator Nayib Bukele in El Salvador. Slogan sellers need very little to thrive: an uninformed, politically illiterate crowd, some rabid fanatics unable to sustain an evidence-based discussion, and the eternal illusion that one man will solve in four years what decades of neglect, corruption, and violence have built.
Behind the spectacle, the lights, the gunpowder, and the bullets, there is no greatness or future. Only the same old authoritarianism disguised as novelty. The same recycled promise. The same country condemned to stumble over the same stone and celebrate the blow rather than reason. That is what football is for; that is what tabloids and dubious media are for: to misinform and act as executioners.
That is why, to my family, my friends, my acquaintances, and those who still believe Colombia deserves something better, I say: let us vote for peace, for education, for art. Let us vote for democracy. Let us vote for intelligence over shouting, memory over forgetting, hope over fear.
I would not want Martirio to become a premature chronicle of our reality.
Because wretched are those who deceive themselves until deception becomes habit. And wretched is my country when it insists on being the reflection of its worst ghosts, instead of the promise of its future.
Dargor
RÉFLEXIONS À LA VEILLE : ENTRE MARTYRE ET CRUELLE RÉALITÉ
Une chose est la littérature —quelque chose que je n’ai pas entrepris délibérément ; bien que, si au final je l’ai fait, soit ainsi— et tout autre chose est la réalité. Demain, je serai juré électoral et je me souviens des élections d’il y a quatre ans, lorsque je vivais dans le nord de Boyacá, à San Mateo. À cette occasion, Gustavo Petro a été élu président. Les paramilitaires sont arrivés dans leurs camionnettes, avec la poudre et le plomb, pour célébrer le premier tour lorsque Rodolfo Hernández a gagné ; cependant, ils sont restés bredouilles au second tour.
Dans le présent, à Tunja, lorsque tombera la soirée du 21 juin, nous saurons quel sera le destin du pays. Aujourd’hui cependant, les deux réalités convergent : la littérature et la réalité. Elles se rencontrent au même endroit pour tenter de dépeindre le pays et l’époque que j’ai été destiné à vivre en cette année 2026, avec mes fantômes et le souvenir de ce que j’ai vécu.
Quoi qu’il arrive, nous savons tous comment continuera la Colombie, Castilla, le pays du Sacré-Cœur de Jésus. Les noms, les discours et les couleurs des campagnes changeront, mais les blessures et la cruauté demeureront : le Deuxième Front National. Il y a des tragédies dans la vie d’un homme : l’une est de se mentir à soi-même ; l’autre, de se déguiser pour s’intégrer à un groupe ou un parti politique, une mode ou un cercle social. Je n’ai pas vécu ces tragédies. Je les ai rêvées, vues représentées, écrites dans mes livres. Et j’espère que nous ne redeviendrons jamais une nation où l’on persécute, réduit au silence ou tue pour penser différemment, pour ne pas rentrer dans le moule, pour oser être qui nous sommes.
Cela m’attriste de voir combien de compatriotes ont transformé la politique en prolongement du ressentiment et de la stupidité, de l’ignorance et de la négligence. Ils votent non par conviction, mais par haine et rancune ; non pour des propositions sérieuses, mais par réflexes conditionnés qui n’aboutissent nulle part. La mafia et l’establishment ont toujours compris une vérité élémentaire : un peuple informé est dangereux pour ceux qui vivent du privilège. C’est pourquoi prospèrent la désinformation et les slogans vides : « Firmes por la Patria ». « Hágale la línea al tigre », crient-ils, enragés, avec la fureur aveugle de ceux qui ne connaissent pas leur passé, chose très courante dans les villages de Boyacá. Tunja est une ville à part où, du moins, le progressisme résiste davantage. C’est pourquoi certains continuent de répéter des étiquettes et des caricatures comme s’il s’agissait d’arguments : il suffit de lire les commentaires sur les réseaux sociaux, les braiements, les exclamations sans orthographe ni cohérence, les « Ça m’amuse ». Comme si défendre les páramos, l’environnement, l’éducation publique, une vieillesse digne ou un salaire juste était une honte ; comme si cela faisait déjà de nous des guérilleros.
Pendant ce temps, les processus judiciaires avancent, les enquêtes apparaissent et les condamnations atteignent d’anciens alliés du pouvoir, comme le frère de El Matarife (pour avoir formé, financé et dirigé le groupe paramilitaire « Los 12 Apóstoles » dans les années 1990 dans le nord d’Antioquia, opérant depuis des fermes comme La Carolina, et pour le meurtre de Camilo Barrientos Durán, un chauffeur de bus exécuté en 1994 à Yarumal). Et, comme si souvent dans notre histoire, certains tentent de se laver les mains tandis que d’autres portent les cadavres.
Et oui, en parlant de dictatures et d’autoritarismes : s’ils arrivent, nous résisterons. La Colombie a survécu à trop de tragédies pour abandonner maintenant. La tragédie des Porkis : Porky Gaviria, Porky Samper, Porky Pastrana, Porky Uribe (qui est désormais appelé à témoigner pour les massacres de La Granja en 1996 et El Aro en 1997, entre autres crimes ; et qui a aussi subi un retour de boomerang lorsqu’il a accusé Iván Cepeda, le forçant à démissionner de son siège au Sénat et conduisant à une décision historique des tribunaux ordinaires après un procès pénal formel), Porky Santos, et « Porky Porky » (ce dernier faisant référence à Iván Duque, le cochon narco que nous avons affronté lors du soulèvement social).
La Colombie est un éboulement. Pas celui de Fernando Vallejo, écrivain que j’admire, ou peut-être si. Peut-être est-ce la Castilla de mon roman Martirio, à la fois prophétie et miroir de cauchemar. Parfois, je pense que la fiction est simplement arrivée avant la réalité, bien que j’aie du mal à y croire.
Je cite le chapitre V de mon livre :
« EXPECTAMUS RESURRECTIONEM MORTUORUM »
[Rrrrr… Le grondement étouffe le silence, marquant la fatalité dans sa marche.]
Santa Aldamia D. C. Quelques semaines plus tard, je suis arrivé à « l’Athènes sud-américaine », juste à temps pour assister au gouvernement qui allait ruiner le pays. Comme je maudis la violence, le culte de l’ignorance et la superstition ! Que sont ridicules la pauvreté, la corruption et la guerre. Celui qui ne s’émerveille pas devant l’univers a perdu son âme, son éternité.
Et plus loin, au chapitre XVII :
Ô existences mélancoliques, celles de Bastián et la mienne, et les destins des assassinés et des disparus. Mon œuvre posthume (je le veux) portera sur eux et sur la violence castillane. Un pays d’infamie et d’oubli, monstrueux, anachroniquement ambigu. Bastián avait surmonté les tragédies les plus atroces, comme David et ses apparitions ; les hétéronymes me parlaient à l’oreille (à l’âme), remplissant mon cœur d’anniversaires et de sentiments.
Lorsque je relis ces fragments en livre physique, je me demande combien relève de l’invention et combien du témoignage. Car la Colombie reste un pays où l’ignorance est célébrée, où la mémoire est courte et où trop de gens préfèrent le bruit des slogans au poids inconfortable des faits et de la vérité. Ô peuple colombien, je te plains ; frères de ma terre boyacense, de Tibaná, ma terre maternelle ; de San Mateo, que j’aime tant ; de Moniquirá ; de Tunja, la Ville de l’Oubli.
Si Matagatos venait à gagner, ce ne serait pas l’intelligence ni le débat démocratique qui seraient vaincus —cela est évident— mais le réflexe le plus primitif et le plus stupide du pays : la peur transformée en programme politique, l’ignorance élevée au rang de vertu, et la fascination ancestrale pour le caïd local déguisé en sauveur, comme Milei en Argentine ou le dictateur Nayib Bukele au Salvador. Les vendeurs de slogans n’ont besoin que de peu pour prospérer : une foule désinformée et politiquement analphabète, quelques fanatiques incapables de soutenir une discussion fondée sur des preuves, et l’illusion éternelle qu’un seul homme résoudra en quatre ans ce que des décennies d’abandon, de corruption et de violence ont construit.
Derrière le spectacle, les lumières, la poudre et le plomb, il n’y a ni grandeur ni avenir. Seulement le même autoritarisme de toujours déguisé en nouveauté. La même promesse recyclée. Le même pays condamné à trébucher sur la même pierre et à célébrer le choc plutôt que la raison. C’est à cela que sert le football ; à cela que servent les pamphlets et les médias douteux : à désinformer et à jouer le rôle de bourreaux.
C’est pourquoi, à ma famille, à mes amis, à mes connaissances et à ceux qui croient encore que la Colombie mérite mieux, je dis : votons pour la paix, pour l’éducation, pour l’art. Votons pour la démocratie. Votons pour l’intelligence face au cri, pour la mémoire face à l’oubli, pour l’espoir face à la peur.
Je ne voudrais pas que Martirio devienne une chronique anticipée de notre réalité.
Car sont malheureux ceux qui se trompent eux-mêmes jusqu’à faire de l’illusion une habitude. Et malheureux est mon pays lorsqu’il insiste à être le reflet de ses pires fantômes, au lieu de la promesse de son avenir.
Dargor

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